martes, 14 de enero de 2020

Venerable Benigna Cardoso de Silva

Benigna nació el 15 de octubre de 1928, en Santana de Cariri. (Ceará, Brazil) Cuando tenía apenas 13 años, el 24 de octubre de 1941, fue asesinada, por un joven que la intentó violentar. 


Por defender su virginidad fue muerta. Ella antes, prefirió morir que ofender a Dios pecando contra la castidad. De acuerdo con lo que se narra de su historia, como de costumbre, la niña salió de casa para buscar agua a pocos metros de su casa. Un individuo llamado Raúl Alves abordó a Benigna invitándola para la práctica de actos inmorales. Delante de la negativa de la niña, él intentó violentarla. Como la resistencia de la pequeña virgen fue enorme y por no conseguir violentarla, Raúl quiso estuprarla y, por no conseguir su intento, furioso, pasó a golpearla con un cuchillo.





Nuestra Santita El Padre Cristiano Coelho Rodrigues que fue su orientador espiritual escribió una nota en el registro de bautismo de Benigna con los siguientes decires: "Murió martirizada, a las 4:00 horas de la tarde, en el día 24 de octubre de 1941, en el sitio Oiti. Heroína de la Castidad, que su santa alma convierta la parroquia y sirva de protección a los niños y las familias de la Parroquia. Son los votos que hago a nuestra santita". Peregrinación de la Niña Benigna Su ejemplo de virtud y defensa de la Castidad se esparció. 

La devoción a ella ha aumentado constantemente entre los fieles del estado de Ceará y también fuera de él. En 2004, tuvo inicio la Peregrinación de la Niña Benigna, que ocurre del 15 al 24 de octubre.  Será beatificada durante el año 2020.

Santa Teresa Eutaquio Verzeri

Teresa Verzeri nació en Bérgamo de Lombardía, el 31 de julio de 1801. Era una de las hijas de Antonio Verzeri y de su esposa Elena, perteneciente a la familia de los condes de Pedroça-Grumelli. Los Verzeri profesaban gran devoción a san Jerónimo. Uno de sus hijos, que fue más tarde obispo de Frescia, se llamaba Jerónimo y Teresa tenía como segundo nombre Eustoquio, en recuerdo de la hija de Santa Paula. Como es bien sabido, estas dos santas habían sido muy amigas de San Jerónimo y habían ejercido, por turno, el superiorato del convento de mujeres que éste había fundado en Jerusalén. En el caso de Teresa, el nombre Eustoquio resultó profético.

Se cuenta que Teresa decidió hacerse religiosa a los diez años de edad, el día de su primera comunión. Tales inspiraciones no son raras a esa edad, pero la firme resolución de Teresa no hizo más que crecer hasta el día de su confirmación. En esto le ayudó mucho al canónigo José Bengalio, de la catedral de Bérgamo. Es difícil determinar si el canónigo tenía ideas claras sobre Teresa o si estaba tratando de probar su vocación, pues tres veces la hizo entrar y volver a salir del convento de las benedictinas de Santa Grata. La obediencia ciega de Teresa al canónigo le valió no pocas críticas y burlas, pero la santa las soportó con paciencia y alegría. Fue sin duda una época de rudo aprendizaje.

Después de haber salido por tercera vez del convento, Teresa se consagró enteramente a la instrucción religiosa de las niñas en una pequeña casa llamada Gromo, que pronto se convirtió en la semilla de la nueva congregación religiosa que había de fundar. Antonia, su hermana, y otras dos jóvenes llamadas Virginia Simoni y Catalina Manghenoni, se le unieron al poco tiempo. Las cuatro hicieron la profesión de votos simples ante el canónigo Benaglio, quien las destinó a la enseñanza de la juventud. La vida de la nueva comunidad era muy austera, con largos períodos de silencio y ayuno. Teresa tuvo que hacer frente a muchas dificultades espirituales, dudas y tentaciones. La congregación empezó pronto a crecer, pues ingresaron en ella numerosas jóvenes de buena familia, entre las que se contaban tres hermanas de Teresa, llamadas María, Judit y Catalina, además de su propia madre que había quedado viuda. El canónigo Benaglio se encargaba de la dirección espiritual de la comunidad y ayudó a redactar las reglas y constituciones que comprendían diferentes obras de caridad: escuelas para los niños pobres, visitas a las mujeres enfermas, centros religiosos y de recreación para las jóvenes que se hallaban en peligro y sobre todo, retiros para mujeres, según el espíritu de san Ignacio de Loyola.


El obispo de Bérgamo, Mons. Carlos Gritti-Morlacchi, favoreció al principio a la nueva congregación, pero después se dedicó a obstaculizar su crecimiento. Mayor prueba fue para Teresa su propia indecisión y humildad. ¿La llamaba Dios realmente a fundar una nueva congregación, dado que ya existían otros institutos similares, como el del Sagrado Corazón, fundado por Santa Magdalena Sofía Barat,  Teresa fue a Turín, donde la madre Barat había empezado a organizar, desde 1832, los retiros para mujeres y se sintió muy inclinada a unir su congregación con la de la santa. Pero pronto comprendió que la voluntad de Dios era diferente, pues había campo más que suficiente para las dos congregaciones, por similares que fuesen. Así pues, la santa tuvo que superar ésta y otras dificultades y soportar con paciencia numerosas desilusiones, antes de conseguir que se estableciera sólidamente su instituto. Finalmente, en 1841, Teresa y sus compañeras pudieron hacer la profesión solemne en manos del mismo prefecto de la congregación de obispos y religiosos, el cardenal Constantino Patrizi. Unos cuantos días más tarde, fue publicado el decreto aprobatorio de la Santa Sede y la congregación fue definitivamente confirmada en 1847. Con esta ocasión, se autorizó a la fundadora a abrir una casa en Roma.

Entre los que ayudaron a Teresa Verzeri en las dificultades, se contaba el beato Luis Pavoni, de Brescia, quien se encargó de imprimir las constituciones de la nueva congregación, en un momento en que esto significaba exponerse a muchas molestias; pero el beato hizo caso omiso de las murmuraciones y hablillas. Además, intercedió ante Mons. Speranza para que apoyase en Roma la causa de las Hijas del Sagrado Corazón. Cuando Teresa compró un antiguo monasterio en Brescia, el Beato Luis proyectó los cambios que era necesario hacer al edificio y se encargó de vigilar personalmente la obra. Para ayudar a Teresa, hizo varios viajes a Bérgamo y a Trento, y se comprometió a asegurar la misa diaria en la casa madre. Nada era demasiado difícil para el Beato Luis, cuando se trataba de ayudar a las religiosas. La gran estima mutua que se profesaban el Beato Luis y santa Teresa ha continuado entre sus congregaciones respectivas, en el siglo que ha transcurrido desde su muerte.

La santa vivió todavía cuatro años después de la fundación de la casa de Roma. Durante ellos creció en gracia y santidad y su congregación con ella. El cólera que azotó el norte de Italia, arrebató a la santa el 3 de marzo de 1852. La multitud que asistió a sus funerales fue el mejor testimonio de la reputación de santidad de que gozaba y que no ha hecho sino aumentar con el tiempo. Teresa fue beatificada en 1946 y canonizada en 2001.

San José Manyanet y Vives

Josep Manyanet nació el 7 de enero de 1833 en Tremp (Lleida, España), en el seno de una familia numerosa y cristiana. Fue bautizado el mismo día y, a la edad de 5 años, fue ofrecido por su madre a la Virgen de Valldeflors, patrona de la ciudad. Tuvo que trabajar para completar los estudios secundarios en la Escuela Pía de Barbastro y los eclesiásticos en los seminarios diocesanos de Lleida y Urgell. Fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1859.

Tras doce años de intenso trabajo en la diócesis de Urgell al servicio del obispo, en calidad de paje y secretario particular, mayordomo de palacio, bibliotecario del seminario, vicesecretario de cámara y secretario de visita pastoral, se sintió llamado por Dios para hacerse religioso y fundar dos congregaciones religiosas.

Contando con la aprobación del obispo, en 1864, fundó a los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, María y José, y en 1874, a las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, con la misión de imitar, honrar y propagar el culto a la Sagrada Familia de Nazaret y procurar la formación cristiana de las familias, principalmente por medio de la educación e instrucción católica de la niñez y juventud y el ministerio sacerdotal.

Con oración y trabajo constantes, con el ejercicio ejemplar de todas las virtudes, con amorosa dedicación y solicitud por las almas, guió e impulsó a lo largo de casi cuarenta años la formación y expansión de los institutos, abriendo escuelas, colegios y talleres y otros centros de apostolado en varias poblaciones de España. Hoy, los dos institutos están presentes en países de Europa, las dos Américas y África.

Especialmente llamado por Dios para presentar al mundo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, escribió varias obras y opúsculos para propagar la devoción a la Familia de Jesús, María y José, fundó la revista La Sagrada Familia y promovió la erección, en Barcelona, del templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra del arquitecto siervo de Dios Antonio Gaudí, destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias.

San Josep Manyanet predicó abundantemente la Palabra de Dios y escribió también muchas cartas y otros libros y opúsculos para la formación de los religiosos y religiosas, de las familias y de los niños, y para la dirección de los colegios y escuelas‑talleres. Sobresale La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (Barcelona 1895), su autobiografía espiritual, en la cual, mediante unos diálogos del alma, personificada en Desideria, con Jesús, María y José, traza todo un proceso de perfección cristiana y religiosa inspirada en la espiritualidad de la casa y escuela de Nazaret.

También Preciosa joya de familia (Barcelona 1899), una guía para los matrimonios y familias, que les recuerda la dignidad del matrimonio como vocación y la importante tarea de la educación cristiana de los hijos.
Para la formación de los religiosos escribió un libro de meditaciones titulado El espíritu de la Sagrada Familia, en donde describe la identidad de la vocación y misión de las religiosas y religiosos Hijos de la Sagrada Familia en la sociedad y en la Iglesia.

Existe una edición de sus Obras Selectas (Madrid 1991) y está en fase de impresión el primer volumen de sus Obras Completas.

Las obras del Padre Manyanet crecieron entre muchas dificultades: ni le faltaron varias dolorosas enfermedades corporales que le atormentaron durante toda su vida. Pero su indómita constancia y fortaleza, nutridas con una profunda adhesión y obediencia a la voluntad de Dios, le ayudaron a superar todas las dificultades.

Minada su salud por unas llagas abiertas en el costado durante 16 años —que llamaba «las misericordias del Señor»—, el 17 de diciembre de 1901, esclarecido en virtudes y buenas obras, volvió a la casa del Padre, en Barcelona, en el colegio Jesús, María y José, el centro de su trabajo y rodeado de niños, con la misma sencillez que caracterizó toda su existencia. Sus últimas palabras fueron la jaculatoria que había repetido tantas veces: Jesús, José y María, recibid cuando yo muera el alma mía.

Sus restos mortales descansan en la capilla‑panteón del mismo colegio Jesús, María y José, continuamente acompañados por la oración y el agradecimiento de sus hijos e hijas espirituales y de innumerables jóvenes, niños y familias que se han acercado a Dios, atraídos por su ejemplo y sus enseñanzas.

La fama de santidad que le distinguió en vida, se extendió por muchas partes. Por lo que, introducida la Causa de Canonización en 1956, reconocida la heroicidad de sus virtudes en 1982 y aprobado un milagro debido a su intercesión, fue declarado Beato por San Juan Pablo II en 1984. y Canonizado  el día 16 de mayo de 2004.


Santa Benedicta Cambiagio

Nació el 02 de octubre de 1791, en Langasco (Génova), pero su familia se trasladó al valle del Ticino en busca de trabajo; en Pavía nuestra beata trabajó en una verdulería. Hacia los 20 años vive una fuerte experiencia interior que acrecienta en ella el amor a la oración y a la penitencia y, en modo especial, el deseo de abandonarlo todo para consagrarse enteramente a Dios. Aunque se sentía llamada a la vida religiosa escuchó el consejo de su familia y se casó con Giovanni Battista Frassinello. 

El camino de Benedicta en búsqueda de la voluntad de Dios es bastante arduo y difícil; se ve empujada por un impulso interior hacia la vida de virginidad, cultivado desde su adolescencia. Vive dos años casada, después de los cuales tiene la alegría de realizar, en ese estado, el aspecto profundo y sublime de la virginidad espiritual. De común acuerdo con su marido, que atraído por la santidad de Benita abraza renovando juntos el voto de castidad perfecta delante del Obispo. Los dos se dedican generosamente a la acogida y educación humano-cristiana de las chicas pobres y abandonadas.

La obra de Benedicta se inserta en la vida social de Pavía en un período en el que la institución de la escuela era acogida como auténtica portadora de bienestar. Es la primera mujer de la ciudad y de la provincia que ve esta necesidad y el gobierno austriaco le otorga el título de "Promotora de la Pública Instrucción". Ayudada desde el primer momento por algunas jóvenes voluntarias, a las cuales da un reglamento aprobado por la Autoridad Eclesiástica, une a la enseñanza escolar la formación catequística y la formación al trabajo. De ambientes se sirve para transformar a las chicas en "modelos de vida cristiana" y asegurar de esta manera la verdadera formación de las familias.

Su constante entrega nace y crece del fervor eucarístico y de la contemplación del Crucifijo, porque ella está convencida que sólo Dios es su verdadero apoyo y protección. En su vida no faltan experiencias místicas que se repiten, particularmente, en las fiestas litúrgicas sin distraerla de sus obligaciones cotidianas. Por amor a las niñas está dispuesta a los mayores sacrificios: de su persona, de sus bienes y hasta de la fama. La singularidad de la obra y el programa educativo de Benedicta son duramente criticadas por la oposición de personas poderosas, que se ven molestadas en sus viles intereses, y también por la incomprensión de algunas personas del clero. En julio de 1838 Benedicta cede su institución al obispo Tosi y, junto con el marido y cinco fieles compañeras, abandona Pavía y se dirigió hacia Liguria.

En Ronco Scrivia abre una escuela para las chicas del pueblo y funda la Congregación de las "Hermanas Benedictinas de la Providencia", para las que escribe las “Reglas Constituciones”. En ellas queda plasmado el desarrollo del carisma de Pavía, ampliando a todas las chicas y jóvenes la educación, la instrucción y la formación cristianas, con su inconfundible espíritu de ilimitado abandono y confianza en la divina Providencia, de amor a Dios, a través de la pobreza y la caridad.

El Instituto de las Hnas. Benedictinas de la Providencia se desarrolla rápidamente. En 1847 también llega a Voghera. Esta sede, cuarenta años después de la muerte de Madre Benedicta, por obra del obispo diocesano se convierte en Instituto independiente. En tales circunstancias las hermanas toman el nombre de "Benedictinas de la Divina Providencia" en memoria de Benedicta, su fundadora. En 1851 Benedicta vuelve a Pavía, en una zona distinta a la primera fundación, y en 1857 abre una escuela en un pueblo de Valpolcevera, San Quirico. Su contraseña era: "En nombre del Señor". Su finalidad formar mujeres cristianas para sí mismas y para la sociedad. Benedicta muere santamente en Ronco Scrivia, en el día y hora predichos por ella. Entorno a su féretro se reúne una gran multitud de gente como última manifestación de estima y de dolor hacia la que considera como una "Santa". Fue canonizada por SS Juan Pablo II el 19 de mayo de 2002 en la Plaza de San Pedro.

Beato Pio IX

Pío IX, en el siglo Giovanni Maria Mastai Ferretti, nació el 13 de mayo de 1792 en Senigallia. Fué elegido pontífice el 16 de junio de 1846, suscitando esperanzas en los ambientes patrióticos liberales y católicos: uno de los primeros actos fue la promulgación de una amnistía para los prisioneros políticos y consintió algunas reformas en el Estado Pontificio. En los primeros dos años del pontificado, se ganó el título de papa liberal, patriótico y reformador.

En abril de 1848, cuando era evidente que la masonería internacional fomentaba atentados, revoluciones y desórdenes contra el Papado y las naciones tradicionalmente católicas, Pío IX tomó distancia de las facciones más radicales de los patriotas italianos. A raiz del desencadenamiento de motines insurreccionales en Roma, se trasladó a Gaeta, mientras que en la ciudad eterna se proclamaba poco después, en 1849, la República Romana por parte de Giuseppe Mazzini, Carlo Armellini e Aurelio Saffi. Las iglesias fueron saqueadas mientras Mazzini se incautaba de obras de arte, propiedad de la Iglesia, para pagar a la masonería británica que había anticipado el dinero necesario para tomar Roma.

Gracias a la intervención de las tropas francesas, la República romana cayó y el Papa pudo volver a la capital en 1850. Desde entonces, el Pontífice puso en marcha una política de intransigencia («Non possumus») hacia las exigencias del poder laico, convirtiéndose en el adversario más acérrimo del ala anticlerical de la masonería.

En 1854, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y, en el primer Concilio Vaticano (1869_70), el dogma de la infalibilidad papal. En 1864, promulgó la encíclica «Quanta cura», con el anexo del «Sillabus», una lista de enseñanzas prohibidas, con la que la iglesia condenaba los errores del momento y conceptos liberales e iluministas. Con la llegada de la unidad de Italia, el último papa_rey se vió desposeido de las regiones de la Romaña (1859), Umbría, las Marcas (1860) y, en 1870, la misma Roma, con la conocida toma de Porta Pia, el 20 de septiembre, que marcó el fin del poder temporal de los papas.

Desde entonces, la masonería italiana celebra su propia fiesta anual, justamente el 20 de septiembre, en recuerdo de la victoria contra la Iglesia. Los documentos antimasónicos del Pontificado de Pío IX son unos 124 y se subdividen en 11 encíclicas, 61 cartas breves, 33 discursos y alocuciones y documentos de varios dicasterios eclesiásticos. Según Pío IX, todos los males que se abatieron en aquél tiempo sobre la Iglesia y sobre la sociedad provenían del ateismo y del cientismo del siglo XVII, postulado por la masonería y exaltado por la Revolución Francesa. En la encíclica «Qui pluribus» (9/10/1849), Pio IX habla de «hombres ligados por una unión nefanda» que corrompen las costumbres y combaten la fe en Dios y en Cristo postulando el naturalismo y el racionalismo y, sobre todo, poniendo en marcha el conflicto entre ciencia y fe. Otro error atribuido a este círculo de pensadores es el hablar de progreso como un mito y contraponerlo a la fe.

Ante estas acusaciones precisas, la Masonería reaccionó con un desdén violento. En primer lugar, convocó un «Anticoncilio masónico, Asamblea de librepensadores» con la idea de liderar un movimiento internacional dedicado a combatir sin tregua al Vaticano. Entre los escritos que se difundieron para esta convocatoria masónica, había uno que decía «El Anticoncilio quiere luz y verdad, quiere ciencia y razón, no fe ciega, no fanatismo, no dogmas, no hogueras. La infalibilidad papal es una herejía. La religión católica romana es una mentira; su reino es un delito».

En esta situación de beligerancia contínua, Pío IX no perdió el ánimo y siguió su trabajo para compactar la Iglesia en torno a un principio de unidad. Atribuyó gran importancia a la espiritualidad popular, a la relación con los santos, especialmente a María a través del reconocimiento de las apariciones de La Salette y de Lourdes. Dió impulso a procesiones, peregrinaciones y todas las formas de piedad popular. En 1870, inauguró un nuevo modo de elección de obispos y prelados, elegidos no ya preferentemente entre los notables sino entre los sacerdotes comunes, allí donde se manifestasen los méritos pastorales. Su popularidad creció enormemente. Fue obstinado en no aceptar ningún arreglo con el Estado italiano. Murió el 7 de febrero de 1878, pero la masonería trató de perseguirlo encarnizadamente incluso tras la muerte. En la noche del 12 al 13 de julio de 1881, su féretro fue trasladado del Vaticano al cementerio del Verano. La masonería organizó una manifestación irreverente, con lanzamiento de piedras, imprecaciones, blasfemias, y canciones vulgares y obscenas, contra el cortejo fúnebre, que a su vez respondía con la recitación del rosario, los salmos, el oficio de difuntos y pías jaculatorias.

El culmen de la agresión tuvo lugar cuando el cortejo fúnebre pasó por el puente Sant´Angelo. Al grito de «¡muerte al Papa, muerte a los curas!», un grupo de desalmados trató de arrojar el cadáver de Pío IX al Tíber. Pero los católicos apretaron las filas en torno a los restos mortales del pontífice y rechazaron el ataque. A la luz de estos acontecimientos, el reconocimiento de la virtud heroica del nuevo beato hace justicia a una persona de gran espesor humano y a un gran Papa.

La causa de beatificación de Pío IX fue una de las más largas y difíciles de la historia de la Iglesia. Fue puesta en marcha por Pío X, el 11 de febrero de 1907. Relanzada, por Benedicto XV, sin gran éxito, y también Pío XI animó el proyecto. Tras la segunda guerra mundial, la instructoría canónica fue reiniciada por Pío XII, el 7 de diciembre de 1954. Con Pablo VI la causa experimentó importantes avances: se completó la «positio», es decir, la recogida de las actas del proceso canónico, el análisis de la vida del candidato a la santidad, los interrogatorios de los testigos y las evaluaciones de los historiadores y de los teólogos.

El decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes teologales y cardinales fue promulgado por la Congregación para las Causas de los Santos, el 6 de julio de 1985, y aprobado por Juan Pablo II. Entre las virtudes del Pontífice, figuran el amor sin reservas por la iglesia, la caridad y la gran estima por el sacerdocio y los misioneros. El milagro atribuido a Pío IX, verificado por la Consulta de médicos el 15 de enero de 1986, es la curación inexplicable de una religiosa francesa.

La campaña contra el Papa Pio IX (1792-1878), alcanzó su colmo con la protesta del gobierno israelita que expresó a la Santa Sede su más profundo descontento por la beatificación de Pío IX ("Jerusalem Post", 3 de septiembre 2000). En relidad como lo recordó Mons. Carlo Liberati, de la Congregación para las Causas de los Santos, en dos entrevistas acordadas a los diarios italianos "Corriere della Sera" y "Avvenire", Pío IX fue "el promotor de la liberación de los judíos del ghetto. Hizo suprimir las labores indignas y humillantes que estaban asignadas a los judíos. Declaró que no eran ´extranjeros´ y ordenó colocar patrullas encargadas de protegerlos contra una rebelión popular que explotó efectivamente contra esta emancipación del ghetto".

En lo que concierne al caso de Edgardo Mortara, el niño judío que, a la edad de dos años en riesgo de morir fue bautizado por una doméstica católica y fue luego educado por la Iglesia contra el parecer de sus padres, Mons. Liberati declaró que "lo que nadie nunca ha querido recordar, es que cuando Edgardo Mortara llegó a la edad de la adolescencia, se le dejó libre de regresar a su casa. Pasó un mes con sus padres pero en seguida decidió quedarse en Roma y hacerse sacerdote. Una vez sacerdote se reconcilió con sus padres. Edgardo Montara fue uno de los primeros testigos que se pronunciaron a favor de la beatificación de Pío IX, haciendo una declaración en el proceso canónico".


El 4 de abril pasado en Roma, en la cripta de la basílica de San Lorenzo al Verano, se desarrolló el reconocimiento del cuerpo del venerable Pío IX que reposa desde el 13 de julio de 1881, tres años después de su muerte acaecida el 7 de febrero de 1878, en el Vaticano. En la ceremonia del acto de reconocimiento de los restos mortales de Pío IX estaban presentes, entre otros, el Postulador de la Causa de Beatificación, Mons. Bruneno Gherardini, S. Emin. el cardenal Jorge Medina Estévez, Pref. de la Congregación para el Culto Divino, el Obispo emérito de Senigallia, Mons. Odo Fusi Pecci, representantes de la Curia Romana, sacerdotes y religiosas venidos inclusive del extranjero.


San Justino de Jacobis

Justino nació en San Fele, cerca de Nápoles, el 9 de octubre de 1800. Fue el séptimo hijo de María Josefa y Juan Bautista de Jacobis, familia de recursos económicos y fe cristiana profunda.


Justino entró en la Congregación de la Misión en 1818 en Nápoles. Su gran humildad le hizo pensar que él no poseía las cualidades necesarias para el sacerdocio, pero sus superiores pensaron que si, y fue ordenado sacerdote el 12 de junio de 1824 en la Catedral de Brindis. Durante sus primeros años de sacerdocio, su misión principal fue predicar retiros a laicos, a otros sacerdotes y a hermanas, así como las misiones parroquiales. También organizaba diversas actividades caritativas para ayudar a los pobres. Cualquier tarea que se le encomendaba la realizaba con humildad y obediencia y aceptaba servir en cualquier oficio o responsabilidad en la Congregación de Misión. Al final de 1836, durante la severa epidemia de cólera que devastó Nápoles, trabajó sin cesar parar asistir a los enfermos, incluso a punto de arriesgar su propia vida.


En 1838 el cardenal Felippe Franzoni, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe, visitó la Casa Provincial de los Padres Paúles de Nápoles. Habló con el Superior de Justino de Jacobis sobre las necesidades de Abisinia y el deseo de empezar allí una Misión. Con el acuerdo de sus Superiores Justino de Jacobis aceptó esta llamada para la misión. El mandato para el establecimiento de una misión fue otorgado a la Congregación de Misión el 24 de mayo de 1839 y el P. Justino de Jacobis fue enviado a Abisinia como Prefecto Apostólico para esta región.

Justino de Jacobis se dejó guiar siempre por la Providencia en la evangelización a los demás. Estaba bien enraizado en el espíritu de la Congregación de la Misión. Brilló sobre todo por su gran humildad, amabilidad, celo y paciencia en un tiempo de sufrimientos e incomprensiones.

El Señor le concedió una clara visión sobre la cultura y tradiciones del país. Aprendió el idioma, vivió con las gentes y trabajó para mejorar las buenas relaciones a nivel local.

Justino, en el anuncio del evangelio, fue un hombre adelantado a su tiempo con respecto a la inculturación; siguió las tradiciones y cultura del lugar. Fue también un gran precursor del diálogo ecuménico entre cristianos Coptos y Católicos.

Durante veinte años el P. Justino se entregó con celo al servicio del Evangelio, fue un gran mentor y excelente formador de sacerdotes. Después de mucho sufrimiento tiene el mérito de haber restaurado nuevamente la Iglesia católica en Abisinia.

Después de muchas persecuciones murió de fiebre tropical el 31 de julio de 1860 en un lado del camino, cerca de Halai, en el valle de Aligade. Fue beatificado en 1939 y Canonizado en 1975.

Beata María Enriqueta Dominici

Ana Catalina Dominici nació el 10 de octubre de 1829, en Carmagnola (Borgo Salsasio), en el seno de una humilde familia campesina. Tenía cuatro años cuando sus padres se separaron y de su padre nunca supo nada, un pesar que Catalina siempre llevó dentro. Los hijos y la madre se fueron a vivir con un tío sacerdote a Borgo San Bernardo (otra pedanía de Carmagnola), junto al abuelo y una tía. 

Cuando manifestó su deseo de hacerse religiosa, su tío sacerdote se opuso firmemente, mientras su madre, si bien no era contraria, sentía miedo de quedarse sola. Tuvieron que pasar cinco años para ver cumplidos sus deseos. Formó parte de la Compañía de los Humillados que tenía la misión de acompañar a los muertos a la sepultura.

En 1850, obtuvo el permiso de hacerse religiosa, pero que no fuera de clausura, como ella deseaba, sino entre las Hermanas de Santa Ana. Fue recibida en el palacio Barolo de Turín por la fundadora, la marquesa Julia, que la animó a que tomase el nombre de María Enriqueta, como se llamaba su sobrina favorita. 

El Instituto de Santa Ana había sido fundado en 1834 por el marqués Tancredo di Barolo para acoger a los niños de la calle y nacián con la misión de educarlos e instruirlos. María Enrica profesó en 1853. En 1854 fue enviada a Castelfidardo, donde había una casa fundada unos años antes, a poca distancia del Santuario de Loreto. Fue acogida por sus hermanas en religión "como una espía", pero María Enrica, en poco tiempo, fue capaz de hacerse amar. Un año después de su llegada, en la ciudad se desarrolló una epidemia de cólera, en la que las hermanas se ofrecieron para curar a los enfermos, nuestra beata dio la medida de su humanidad y dedicación que fue estraordinaria. Fue nombrada maestra de novicias. A su director espiritual, un jesuita, le manifestó su aridez espiritual y su deseo de ir como misionera a la India. Para prepararse obtuvo el permiso de privarse "de las cosas no absolutamente necesarias". Un día memorable fue el 17 de mayo de 1857 cuando asistió a la audiencia, con otras religiosas, con el papa beato Pío IX que visitaba Loreto. Asistiendo a la audiencia estaba presente santa Magdalena Sofía Barat. 

En 1858 regresó a Turín y fue nombrada maestra de novicias mientras la relación entre la Fundadora y la primera superiora de la Congregación era insufrible. Tuvo que intervenir la Santa Sede y nombró a María Enrica como superiora general. No se sentía capaz, pero tuvo que aceptar. Durante cuatro años tuvo que convivir con la depuesta superiora que causaba muchos problemas. 

La Madre María Enriqueta estuvo al frente del gobierno de la Congregación hasta su muerte, y la desarrolló de forma excepcional. Fundó 32 casas, llegando a Roma y Sicilia. Fue consejera de san Juan Bosco, cuando creó la regla de las Hijas de María Auxiliadora, y le "prestó" dos hermanas para la nueva congregación. 

Fue afable y gentil, pero era reservada y de pocas palabras. Con el permiso de sus superiores hizo el voto extraordinario de buscar en el cumplimiento de cada acción el modo "más perfecto". Meditaba largamente delante del Tabernáculo y obtuvo de la Santa Sede que sus religiosas pudiera comulgar diariamente. Al leer sus escritos, la Autobiografía y el enorme epistolario, se percibe el total abandono en manos de la Providencia. Murió de un cáncer de mama en Turín. Sus restos se encuentran en la capilla de la Casa Madre de Turín. Fue beatificada el 7 de mayo de 1978 por Pablo VI.