jueves, 24 de septiembre de 2020

Nuestra Señora de la Merced


ORACIONES A NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

Virgen y Señora nuestra de la Merced, a ti suplicamos que, mediante tu maternal intercesión ante tu hijo Jesucristo, nos alcances la verdadera libertad de los hijos de Dios y nos hagas libres de cualquier esclavitud, de modo que experimentemos en nosotros la alegría de la salvación. Amén

María, Merced de Dios, regalo de Cristo a los hombres. La Trinidad Santa te envió a Barcelona, mensajera de libertad y misericordia, para, por medio de Pedro Nolasco, mostrarte corredentora, mediadora, Madre de todos, ternura de Dios para los pobres. Madre de la Merced, enséñanos a valorar nuestra fe cristiana, haznos capaces de amar con caridad mercedaria, conviértenos en portadores de paz. Que tus besos derritan la violencia que nos envuelve, hasta que recuperemos, en tu regazo materno, la ilusión de familia, transformado el mundo en un hogar. Bendice esta ciudad tuya, que te proclama patrona y princesa y gusta, enamorada, de llamarte madre.



Madre de la Merced, danos un corazón... que salte de alegría, que sepa compartir,
que goce con los que gozan,
que sufra con los que sufren,
que entienda de audacia para “dar” con nuevos caminos,
que sea experto en humanidad,
que se prolongue hacia los últimos,
que anuncie a Jesús de Nazaret,
que esté a favor de los cautivos,
que critique las injusticias,
que se deje inflamar por el Espíritu,
que tenga entrañas de misericordia,
que escuche los problemas de las personas oprimidas y tenga un trato exquisito con ellas,
que mire al interior del ser humano,
que logre curar sus propias heridas,
que sepa trabajar en grupo,
que tenga detalles pequeños para hacerse grande,
que sea libre para liberar.
Madre, dánoslo para construir una sociedad más liberadora.
Amén

Oración al Santo Padre Pío de Pietrelcina por los enfermos


ORACIÓN AL PADRE PÍO POR LOS ENFERMOS

Santo padre Pío, ya que durante tu vida terrena mostraste un gran amor por los enfermos y afligidos, escucha nuestros ruegos e intercede ante el Padre misericordioso por los que sufren.

Asiste desde el cielo a todos los enfermos del mundo; sostiene a quienes han perdido toda esperanza de curación; consuela a quienes gritan o lloran por sus tremendos dolores; protege a quienes no pueden atenderse o medicarse por falta de recursos materiales o ignorancia.

Alienta a quienes no pueden reposar porque deben trabajar; vigila a quienes buscan en la cama una posición menos dolorosa; acompaña a quienes pasan las noches insomnes; visita a quienes ven que la enfermedad frustra sus proyectos.

Alumbra a quienes pasan una “noche oscura” y desesperan; toca los miembros y músculos que han perdido movilidad; ilumina a quienes ven tambalear su fe y se sienten atacados por dudas que los atormentan.

Apacigua a quienes se impacientan viendo que no mejoran; calma a quienes se estremecen por dolores y calambres; concede paciencia, humildad y constancia a quienes se rehabilitan; devuelve la paz y la alegría a quienes se llenaron de angustia; disminuye los padecimientos de los más débiles y ancianos.

Vela junto al lecho de los que perdieron el conocimiento; guía a los moribundos al gozo eterno; conduce a los que más lo necesitan al encuentro con Dios; y bendice abundantemente a quienes los asisten en su dolor, los consuelan en su angustia y los protegen con caridad. Amén.

https://www.pazybien.es/oracion-al-padre-pio-por-los-enfermos/

domingo, 20 de septiembre de 2020

Santa Apolonia, mártir

San Dionisio, obispo de Alejandría, fue testigo de la muerte de Apolonia quien era para entonces una diaconisa de edad avanzada. La describió en una carta a Fabio que fue preservada por Eusebio, obispo de Antioquía.

Estalló una persecución de los cristianos por el populacho pagano de Alejandría en el último año del reino del emperador Felipe. Los cristianos eran arrastrados fuera de sus casas y asesinados, sus propiedades saqueadas. La persecución comenzó cuando un poeta de Alejandría profetizó desastre por la presencia de los cristianos a los que consideraba impíos por no adorar a los dioses.

La primera víctima fue un anciano venerable llamado Metras o Metrius, a quien trataron de obligar a proferir blasfemias contra Dios. Cuando se negó, lo azotaron, le clavaron astillas de caña en los ojos, y lo mataron a pedradas.

La siguiente persona que aprehendieron fue a una mujer cristiana, llamada Quinta, a quien llevaron a uno de sus templos para forzarla a adorar al ídolo. Ella se dirigió al falso dios con palabras de desprecio que exasperaron tanto al pueblo que la arrastraron por los talones por encima del empedrado, la azotaron y le dieron muerte a pedradas. Por esos días, los alborotadores habían llegado al colmo de su furor. Los cristianos no ofrecían resistencia, sino que se daban a la fuga, abandonando todas sus pertenencias, sin quejarse, porque sus corazones estaban despegados de la tierra. Su constancia era tan general, que San Dionisio no supo de ninguno que hubiera renunciado a Cristo.

Se apoderaron de Apolonia y la golpearon en la cara, le tiraron todos los dientes, y después, prendiendo una gran hoguera fuera de la ciudad, la amenazaron con arrojarla dentro si no pronunciaba ciertas palabras impías. Les rogó que le dieran unos momentos de tregua, como si fuera a considerar su posición. Entonces, para dar testimonio de que su sacrificio era perfectamente voluntario, tan pronto como la dejaron libre, se lanzó dentro de las llamas.

Luego descargaron su furia sobre un santo hombre llamado Serapión y lo atormentaron en su propia casa; después lo tiraron de cabeza desde la azotea.

En la mayoría de las regiones de la Iglesia occidental se encuentran iglesias y altares dedicados en honor de Santa Apolonia, pero no se la venera en ninguna iglesia oriental, aun cuando sufrió en Alejandría.

San Agustín explica por qué razón anticipó su muerte. El santo supone que obró por una dirección particular del Espíritu Santo, porque de otra manera no sería lícito hacerlo; nadie puede apresurar su propio fin.

Se la invoca contra el dolor de muelas y todas las enfermedades dentales, y se la presenta con un par de pinzas que sostienen un diente o si no, suele distinguirse por un diente de oro pendiente de su collar.

Fuente: aciprensa

Santa Catalina de Alejandría

Nació en la ciudad de Egipto, Alejandría, la segunda más importante en número de habitantes de este país. Santa Catalina nació en el siglo III en el seno de una noble familia rodeada de criados y riquezas. Todos los que escriben sobre ella nos la presentan como una gran estudiante, especialmente en "letras". Alejandría estaba por aquél entonces bajo el dominio del
emperador Maximino, que hacia el año 310, promulgó un edicto, en el que ordenaba que acudieran a la ciudad todos los habitantes de la comarca para ofrecer sacrificios a los dioses, castigando severamente a cuantos se negasen.

Cuando tenía solamente 18 años de edad, Catalina se presentó a sí misma al Emperador Maximino, quien perseguía violentamente a los Cristianos, y le reconvino a él por su crueldad intentando probar cuan inicua era la adoración de dioses falsos. Asombrado de la audacia de la joven, pero incompetente para rivalizar con ella en punto de entendimiento el tirano la detuvo en su palacio y cito a numerosos eruditos a quienes el mando utilizar toda su habilidades en astuto razonamiento para que de esa manera Catalina pudiera ser conducida a apostatar.

Pero ella emergió victoriosa del debate. Algunos de sus adversarios, conquistados por su elocuencia, se declararon a sí mismos Cristianos y fueron entonces condenados a muerte. Furioso al ser confundido, Maximino había azotado a Catalina y entonces la aprisionó. Mientras tanto la emperatriz, entusiasmada por ver a tan extraordinaria joven, fue con Porfirio, el jefe de las tropas, para visitarla en su calabozo, cuando ellos en turno se sometieron a las exhortaciones de Catalina, creyeron, fueron bautizados, e inmediatamente ganaron la corona de mártir. Así después la santa, quien estaba lejos de olvidar su fe, que efectuó tantas conversiones, fue condenada a morir en la rueda, pero, al tocarla ella, este instrumento de tortura fue milagrosamente destruido. El emperador, enfureció y perdió el control entonces ella fue decapitada y Ángeles llevaron su cuerpo al Monte Sinaí donde posteriormente una iglesia y un monasterio fueron edificados en su honor.

En la imagen de Santa Catalina se puede apreciar como lleva en su mano derecha la rueda de molino con la que fue martirizada. En su mano izquierda trae la palma -señal que falleció mártir y el libro del Evangelio.

"Gloriosa Santa Catalina de Alejandría, portento de sabiduría y elocuencia. Quisiéramos parecernos a ti en ese conocimiento admirable de las ciencias y de la fe para ser testigos de Jesús en el mundo. Alcánzanos esa fe y esa ciencia para que seamos siempre capaces de dar razones de creencia y también la esperanza por Jesucristo Nuestro Señor. Amén".

Santa Úrsula de Colonia


Úrsula fue una princesa de región de Britania de los primeros siglos del cristianismo que prometió su virginidad al Señor, hasta que el príncipe pagano Etherius, la pidió en matrimonio. Consciente de que si ella se rehusaba ponía en peligro a su patria, una visión celestial la tranquilizó y le recomendó que aceptara la proposición, porque Dios arreglaría las cosas. Así, la princesa accedió, pero se reservó tres años para prepararse y se embarcó con once mil de sus compañeras atravesando el mar hasta remontar el Rin para llegar a Colonia. En ese lugar tuvo la visión de un ángel que le anunció su futuro martirio.


Sin embargo y sin temor, el inmenso cortejo se embarcó en dirección a Roma para conocer la tumba de los mártires y santos. Ahí, y luego de ver el celo de las vírgenes, el Papa y varios obispos se unieron a su peregrinaje que acabó cuando de camino por el Rin fueron atravesadas por las flechas de los Hunos. Entonces Úrsula junto a todo el cortejo sufrieron un glorioso martirio.


Santa Ángela de Merici eligió a Santa Úrsula como Patrona y Protectora de la Compañía, dadas las condiciones carismáticas de esta mártir, quien atraía a todos los que la escuchaban y dio muestras de valentía y una santidad hasta las últimas consecuencias.

El barco de Santa Úrsula, donde fueron martirizadas ella y las jóvenes vírgenes que la acompañaban, es la insignia de los colegios, como patrona de las jóvenes y estudiantes.


Sor María Angélica Álvarez Icaza

María Concepción Álvarez Icaza nació el 17 de diciembre de 1887 en Ciudad de México. Fue la quinta de 10 hijos de un matrimonio profundamente cristiano. Niña muy precoz, demostró tener un temperamento duro y un fuerte sentimiento religioso que encontró terreno fértil en el hogar. La primera prueba difícil para Conchita sería la pérdida de su madre en 1896: "el primero y el dolor más grande de mi vida", dice la Sierva de Dios. En este difícil trance, Conchita, ante la imagen de Nuestra Señora de Loreto, exclamó: "A partir de hoy vas a ser mi madre”. La experiencia del dolor la hizo madurar y la convirtió en discípula aventajada en la escuela del sufrimiento.

El 6 de enero de 1905 partió hacia Morelia (Michoacán) para ingresar el día 8 en el monasterio de la Visitación de Santa María. Tenía 17 años. El 23 de junio vistió el santo hábito y recibió el nombre de Sor María Angélica. El 26 de junio de 1906 hizo su profesión simple. Estos años cimentaron sus experiencias místicas, siendo su misión ante Dios la de ser testigo de los encantos del Amor Divino. La ofrenda de su vida en unión con Jesús, la hizo elegir voluntariamente las penitencias corporales: “Con cuánta delicadeza Dios me hizo enamorarme del sufrimiento, desde mis años jóvenes”, relata en sus Memorias. Se ofrece entonces como víctima expiatoria al Amor Divino, especialmente por la conversión de México y su regreso al catolicismo.

“Tal es mi miseria que aun después de haber recibido tantos y tales dones de Dios, aún retrocedo ante el dolor. Me refiero a la acción de grabar sobre mi pecho con un hierro ardiendo el nombre de JHS. Sentía una extrema repugnancia y delante de Dios me avergonzaba de mi cobardía. En efecto, aunque el espíritu estaba pronto, la carne flaca rehusaba sufrir, y así en el momento de aplicar el hierro enrojecido me faltó el valor y dejé caer el instrumento. Éste volvió al fuego, y por fin lo apliqué, pero me quedé tan avergonzada delante de Dios que ni me atrevía a hablarle… Pasé la oración pidiendo perdón por mi cobardía”. 

Gran parte de su vida religiosa transcurrió durante la persecución de los católicos en México. Fue exiliada con su comunidad a España durante 32 años (1916-1948), primero a Madrid y después, debido a un principio de tuberculosis, a San Lúcar de Barrameda (Cádiz). En España sufrió, y ofreció este dolor, por la situación de persecución religiosa en México. Su obsesión fue la de entregarse a la oración continua por su patria y por la instauración del Reinado Social de Cristo en México. Su director espiritual fue durante 42 años Monseñor Luis María Martínez, y al ser nombrado éste Arzobispo de México D.F., Sor María Angélica sintió que se acercaba el momento del regreso a su país. El 3 de junio de 1948 parte de España, rumbo a México, en cuya capital funda un monasterio. En esta santa casa, consagrada al amor y la reparación, muere de bronconeumonía y en olor de santidad el 12 de julio de 1977.

En la exhumación de su cadáver se encontró en el esternón un orificio delante del corazón, sin lugar a dudas, la muestra física de la aceptación de su inmolación a Cristo como víctima de expiación. Su corazón fue traspasado por el Amor Divino.

San José Benito Cottolengo

Un día de septiembre de 1827, un sacerdote fue a llevar los últimos sacramentos a una joven dama francesa que, mientras viajaba de Milán a Lyon, con su esposo y sus tres hijitos, había caído enferma en Turín. Allí, en la miserable casucha de un barrio inmundo, la joven dama murió por falta de atención médica, con el consuelo espiritual que le había llevado el sacerdote. Este era el canónigo José Benito Cottolengo originario de Bra del Piamonte. El buen canónigo, un hombre de gran caridad, quedó aterrado al saber que no había en Turín ninguna institución que se ocupase de los casos semejantes al de la señora francesa. Aunque no tenía dinero, el padre José alquiló inmediatamente cinco cuartos en una casa llamada «Volta Rossa»; una dama le proporcionó algunas camas; un médico y un farmacéutico ofrecieron sus servicios y pronto, se inauguró el hospital con cinco pacientes. Al poco tiempo, hubo que aumentar el número de cuartos. El padre José organizó a los voluntarios, de suerte que pudiesen prestar sus servicios en forma permanente. A los hombres los llamó hermanos de San Vicente; las mujeres, que pronto adoptaron una regla, un hábito y una superiora, recibieron el nombre de Hijas de San Vicente de Paúl, o Hermanas Vicentinas.



En 1831, se desató una epidemia de cólera en Turín. Las autoridades, temerosas de que «Volta Rossa» se convirtiese en un foco de infección, clausuraron el hospital. El P. José comentó, sin inmutarse: «En mi tierra dicen que los nabos se multiplican por transplantación. Cambiaremos, pues, de sitio». Las vicentinas asistieron a los enfermos, en sus casas, durante la epidemia. Después, el hospital se trasladó a Valdocco, que quedaba entonces fuera de Turín. El canónigo llamó a la nueva residencia «la Piccola Casa» o Casita de la Divina Providencia. Sobre la entrada colocó un letrero que decía: «Caritas Christi urget nos», el versículo del Apóstol en 2Cor 5,14: «El amor de Cristo nos apremia». Poco a poco se construyeron otros edificios para hacer frente a la creciente demanda. Los nombres eran característicos: «Casa de la Fe», «Casa de la Esperanza», «Casa de la Madonna», «Belén». En lo que san José Cottolengo llamaba su «Arca de Noé», albergaba a los epilépticos, a los sordomudos, a los enfermos de cualquier clase, a los huérfanos, a los contrahechos y a los inválidos de toda especie. Construyó dos casas para los retrasados mentales, a los que llamaba tiernamente «mis buenos chicos» y fundó una casa de refugio, en la que se desarrolló una congregación religiosa, bajo el patrocinio de Santa Thais. Un escritor francés calificó el conjunto de edificios de «Universidad de la Caridad Cristiana», pero el fundador seguía llamándola «la Piccola Casa». Convencido de que era un simple instrumento en las manos de Dios, el P. Cottolengo jamás atribuyó el éxito a su talento de organizador. En cierta ocasión formuló sus sentimientos de manera muy gráfica, al dirigirse a las vicentinas: «Somos como las marionetas de un teatro. Los títeres se mueven, brincan, bailan y dan señales de estar vivos, en tanto que el manipulador los mueve. Unas veces representan a un rey, otras a un payaso ... Pero en cuanto termina el acto, quedan desmadejados en un rincón, cubiertos de polvo. Lo mismo sucede con nosotros: la Divina Providencia nos manipula y nos mueve en nuestras diferentes funciones. Nuestro deber es acomodarnos a sus planes y representar el papel que nos ha destinado; responder pronta y exactamente al movimiento que nos imprime la mano de Dios».

«Don Cottolengo» dirigía toda la organización, sin llevar cuentas de ninguna especie; gastaba el dinero tan pronto como lo recibía y jamás hizo inversiones productivas. Llegó hasta a rehusar el patronato real para su obra, pues estaba bajo el patrocinio del Rey de Reyes. En vano le aconsejaron sus amigos, repetidas veces que obrase con prudencia para asegurar el futuro de su obra. Los acreedores le molestaban continuamente, la caja estaba vacía y las provisiones escaseaban, pero el siervo de Dios confiaba en la Divina Providencia, que jamás le abandonó. Y para asegurar el porvenir de la «Piccola Casa», contaba con las oraciones y no con el dinero. Para cumplir lo que él consideraba como la voluntad de Dios, fundó, junto con la organización, varias comunidades religiosas, cuya principal finalidad consistía en orar por todas las necesidades. Entre dichas comunidades se contaban las Hijas de la Compasión, que se dedican a orar por los moribundos; las «Sufragistas» de las santas almas, que piden por las ánimas del Purgatorio; las Hijas del Buen Pastor, que trabajan y oran por las jóvenes que se hallan en peligro y una comunidad muy estricta de carmelitas, que ofrecen oraciones y sacrificios por toda la Iglesia. Para los hombres, fundó las congregaciones de los ermitaños del Santo Rosario y la de sacerdotes de la Santísima Trinidad.

A los cincuenta y seis años, extenuado por una fiebre tifoidea y por una vida de trabajo y penitencia, «Don Cottolengo» entró en agonía. Sin experimentar la menor ansiedad por el futuro de su obra, nombró a su sucesor, se despidió de sus hijos espirituales y se trasladó a Chieri, donde murió nueve días después, en casa de su hermano, el canónigo Luis Cottolengo. Casi todas las obras que fundó siguen florecientes en la actualidad y la «Piccola Casa», hospeda todavía a miles de gentes pobres, e incluso se habla normalmente de «un cottolengo» para referirse no sólo a la obra del santo sacerdote, sino a un tipo de casa de cuidados caritativos para los pobres. San José Cottolengo fue canonizado en 1934, junto con su amigo san Juan Bosco.