miércoles, 17 de junio de 2020

Hermano Roger de Taizé

Nació el 12 de mayo de 1915 en Jura (Suiza).

Hijo de un pastor protestante. De muy pequeño, fue acogido en casa de su abuela, de confesión evangélica y atormentada por la I Guerra Mundial.

Recién ordenado pastor, hizo un viaje en bicicleta por la Francia de 1940 pensando en cómo ayudar a las víctimas de la guerra. Una noche llegó a una aldea de la Borgoña situada junto a la línea que dividía la Francia de Vichy de la ocupada por Hitler. La aldea se llamaba Taizé.

Allí levantó una comunidad abierta a miembros de todas las iglesias cristianas. Nunca hizo distingos entre jóvenes de distintas religiones. Luteranos, calvinistas, evangélicos, ortodoxos o católicos acudían a él. Roger se instaló con su hermana en una casa abandonada hasta la que la guerra les fue haciendo llegar judíos, refugiados políticos y desertores nazis. A todos les acogía sin tener en cuenta su credo ni su nacionalidad en aquella casa ruinosa y sin agua corriente.

Roger solía irse a rezar al bosque para que los refugiados judíos o agnósticos no se sintieran incómodos u obligados a acompañarle. En los años 50, Roger empezó a enviar a hermanos de la comunidad a vivir en lugares especialmente castigados por la miseria y la violencia, con el objetivo de estar al lado de las personas que más sufren y de ser testimonios de paz.

Taizé acoge cada año a miles de personas de todos los credos en busca de una experiencia mística y de una espiritualidad sin fronteras. Cuando le preguntaban sobre los orígenes de Taizé, Roger siempre recordaba a su abuela, una mujer protestante que en los peores días de la I Guerra Mundial iba cada tarde a rezar a una iglesia católica como símbolo de unidad en una Europa dividida por la guerra.

Conocido como Hermano Roger, murió en Taizé a los 90 años el 16 de julio de 2005 apuñalado durante un oficio al que asistían 2.500 jóvenes. La mujer que lo mató, una rumana llamada Luminita, intentaba en vano conseguir una entrevista con él desde hacía meses, le propinó tres puñaladas en el cuello y el religioso murió pocos minutos después.

Oraciones del Hno. Roger

“Dios de paz,
aunque seamos frágiles,
querríamos seguirte
por el camino que nos conduce
a amar como Tú nos amas”.

(Hermano Roger, Comunidad de Taizé, “Orar en El Silencio del Corazón”).


“Dios de misericordia,
Tú iluminas nuestras almas
con una luz inesperada.
Entonces descubrimos que,
aunque pueda permanecer en nosotros
una parte de oscuridad,
en cada uno habita sobre todo,
el misterio de tu presencia”.

(Hermano Roger, Comunidad de Taizé, “Orar en El Silencio del Corazón”).


“Dios de consolación,
por tu Espíritu Santo
vienes a transfigurar nuestro corazón.
Incluso en nuestras pruebas
haces crecer
la comunión contigo”.
(Hermano Roger, Comunidad de Taizé, “Orar en El Silencio del Corazón”).

Venerable Marie Madeleine d'Houet

Marie-Madeleine nació en 1781, como Marie-Madeleine-Victoire de Bengy en Châteauroux, en la Provincia de Berry en el Reino de Francia (Departamento de Indre). Ella era la segunda de cinco hijos.


En 1800, su familia se mudó a Issoudun, después de que su padre, Monsieur de Bengy, fuera liberado de la prisión, fue condenado por ser católico, cuando estalló la Revolución Francesa. En estos nuevos lugares, Marie-Madeleine continuó brindando ayuda a los pobres y enfermos, como voluntaria en el Hospicio local de St. Roch.


En 1804 se casó con Joseph de Bonnault d'Houët. Tenían una vida feliz y juntos visitaban a los enfermos. Desafortunadamente, Joseph murió menos de un año después de la boda como resultado de haber contraído fiebre tifoidea durante estas visitas. Su hijo Eugene nació tres meses después de este triste evento.


El deseo de Marie-Madeleine de dedicar toda su vida a Dios y al servicio de los demás. Ella siguió creciendo espiritualmente y descubre que estaba siendo llamada a vivir en la mayor confianza de Dios. En 1809, cuando estaba de vuelta en Bourges, Marie-Madeleine empezó a acompañar a un grupo de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en visitar los mismos prisioneros españoles que su marido había cuidado. Contrajo fiebre tifoidea pero sobrevivió, a diferencia de su difunto esposo.


Se convenció de que Dios la estaba llamando a fundar una orden de mujeres apostólicas que se inspirarían en María, la Madre de Jesús y las santas mujeres de los evangelios. Estaba decidida a que la sociedad tomara el nombre de Jesús y siguiera las Constituciones de los jesuitas. Con dos compañeras, comenzó su trabajo en Amiens, en el norte de Francia, en 1820. Durante los siguientes diez años, el apostolado se expandió: otras mujeres se unieron a ella y se establecieron nuevas fundaciones en Francia.


Marie-Madeleine había viajado a Roma en 1826 para buscar la aprobación del Papa León XII para su orden, que él dio debidamente. El decreto de aprobación fue otorgado por el papa Gregorio XVI al año siguiente.


Las primeras Compañeras no se limitaron a trabajar con los niños pobres de su zona. Marie Madeleine vio la necesidad de ayudar a las familias, especialmente a las madres. Era práctica, astuta y compasiva, reconoció el sufrimiento de estas pobres mujeres e hizo algo para aliviarlo.


El Lunes de Pascua, día antes de su muerte, Marie Madeleine recibió la visita de uno de sus nietos, León de Bonnault. El Lunes de Pascua, Marie Madeleine murió rodeada del cariño de sus hermanas – las miembros de su todavía joven Sociedad. La enterraron en el pequeño cementerio adjunto al orfanato que había fundado en Gentilly, al suroeste de Paris, el 05 de abril de 1858.

Su cuerpo permaneció en Gentilly hasta 1904. Después, debido al anti-clericalismo de Francia y la consiguiente supresión de las casas religiosas, fue llevado, con el permiso de las autoridades civiles y eclesiásticas, al Convento FCJ de Upton Hall, cerca de Birkenhead en Inglaterra.

Allí permaneció hasta junio de 1980, cuando fue trasladado otra vez, ahora a petición del postulador de su Causa de Beatificación y Canonización. El cuerpo de Marie Madeleine fue enterrado en la capilla del convento de Stella Maris, Broadstairs, Inglaterra.

Beatas mártires Terciarias Capuchinas

El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española, que durará hasta abril de 1939. Se caracterizó por una sangrienta persecución religiosa y odio a la fe. Como consecuencia se profanaron y quemaron los templos y murieron varios obispos, muchos sacerdotes, religiosos/as y laicos comprometidos sólo por el hecho de profesar su fe.

Entre esta pléyade de mártires se encontraban Rosario, Serafina y Francisca quienes en ese momento estaban al frente de la Congregación y no tuvieron miedo a confesar su fe.

Se vieron obligadas a abandonar el convento y refugiarse en casas particulares. El 21 de agosto de 1936 fueron detenidas y sometidas a duros trabajos, malos tratos, desprecios y vejaciones. Al día siguiente, Rosario y Serafina fueron fusiladas en la carretera de Puzol. La Hna. Rosario, siempre animosa hasta el martirio, se dirigió a su verdugo y sacándose el anillo de dijo: “TOMA, TE LO DOY EN SEÑAL DE QUE TE PERDONO”. El miliciano regresó impresionado diciendo: “Hemos matado a una santa, hemos matado a una santa”.


La Hna. Francisca fue fusilada el 27 de septiembre en el cementerio de Gilet, después de haber pasado por humillaciones y sufrimientos. Antes de recibir el tiro de gracia les dijo a los verdugos: "ESPERAOS UN MOMENTO, OS VOY A DECIR UNAS PALABRAS, QUE DIOS OS PERDONE, COMO YO OS PERDONO" y al grito de "VIVA CRISTO REY" cayó gloriosamente.


Hna. Rosario de Soano (Petra María Victoria Quintana Argos) Nace en Soano, Cantabria, el 13 de mayo de 1866. A los 13 años queda huerfana de madre. Su contacto con los capuchinos de Montehano le hace ingresar en las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia de Valencia.
Siendo Vicaria General de la Congregación la sorprendió la persecución en la casa noviciado de Massamagrel, Valencia. Expulsadas del convento, hallo refugio en hogar amigo, pero al poco fue detenida y trasladada violentamente al Sindicato de Punzol.


Hna. Serafina, nació el 6 de agosto de 1872 en Ochovi, Navarra, España, hija de Hilarión Fernández y Juana Francisca Ibero. De familia numerosa, profundamente cristiana y sencilla, pobre y trabajadora. Tuvo otros dos hermanos Capuchinos y dos Terciarias Capuchinas.

A los 15 años ingresó en la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas recién fundada por el P. Luis Amigó. Hizo su profesión temporal el 14 de mayo de 1891. Trabajó en la educación de las niñas huérfanas, en la recolección de limosnas para el sostenimiento de las mismas, y los trabajos domésticos, fue superiora local y por treintaiséis años consejera general. Ejemplar en su consagración, paciente, comprensiva, humilde, amante de los pobres, siempre disponible para el servicio, justa, firme y sincera, muy devota del Santísimo Sacramento.

Cuando estalló la guerra civil vivía en Masamagrell. Organizó refugio seguro para las postulantes y novicias y luego, apresada con Sor Rosario, con ella sufrió el martirio.


Hna. Francisca Javiera, nació en Rafelbuñol, Valencia, España, el 24 de mayo de 1901, hija de José Fenollosa y María Rosa Alcaina, campesinos terciarios franciscanos. Eran 10 hijos, familia cristiana, piadosa. Devota de la Sma. Virgen, perteneció a la Asociación de las Hijas de María, a diario rezaba el Rosario y leía el Evangelio, en medio de sus ocupaciones domésticas. Para hacerse religiosa debió vencer la oposición de su madre, que la consideraba su brazo derecho en el hogar. Ingresó en la Congregación de Hermanas Terciarias Capcuhinas en 1921, profesó el 11 de mayo de 1924. Enseñaba música a las niñas de la casa-familia y al mismo tiempo era maestra de novicias. Afable, simpática, alegre y devota. Se distinguía por su prudencia, ecuanimidad, simplicidad y humildad. Respetuosa de todos y de iniciativa. Cuidadosa en el cumplimiento de sus deberes, dada a la oración silenciosa, devota de la Eucaristía y de la Sma. Virgen. Aprovechaba las vacaciones en familia para hacer algún apostolado entre los jóvenes.

Venerable Luis Amigó y Ferrer

Luis Amigó y Ferrer nació el 17 de octubre de 1854 en Masamagrell (Valencia), donde su padre trabajaba como secretario del ayuntamiento. Su nombre de pila, en realidad, era Jose María, pero al hacerse fraile lo cambió –como era la costumbre entonces- por el de Luis.

Su infancia y juventud pasan en Valencia donde empieza sus estudios hacia el sacerdocio en el Seminario Conciliar de la ciudad. Siendo todavía casi un niño, comenzó a dar tempranas muestras de esa sensibilidad para percibir y atender los problemas de los demás. Acompañado de otros amigos -adolescentes también como él- empezó a dedicar parte de su tiempo libre y de ocio a los marginados de su entorno. Iba por los hospitales visitando a los enfermos y atendiéndoles en sus necesidades. Frecuentaba las barracas, alquerías y demás casas aisladas de la huerta valenciana, acompañando a sus habitantes, y en particular a los niños y jóvenes. Y, sobre todo, se acercaba a las cárceles para consolar e instruir a los presos allí recluidos.

Cuando contaba diecinueve años, tomó la decisión de hacerse fraile capuchino. Era el 12 de abril de 1874 cuando vistió el hábito franciscano en Bayona (Francia) con el nombre de Fray Luis de Masamagrell. Cinco años después, el 29 de marzo de 1879, y residiendo ya en Montehano (Cantabria), fue ordenado sacerdote, con tan sólo veinticuatro años.

También entonces, fue San Francisco de Asís el que le ayudó a entender y seguir con radicalidad el mensaje del evangelio y a darse cuenta de que el sacerdocio, cristianamente entendido, es una vocación de servicio. Y Luis Amigó vivió desde el primer momento su sacerdocio como un verdadero servicio a los demás y, particularmente, a los jóvenes y al mundo de la marginación. Con el fin de colaborar activamente a la educación integral de los jóvenes de los pueblos cercanos a su convento, fundó para ellos distintos movimientos de carácter juvenil en los que se conjugaba lo cultural, lo religioso y lo recreativo. Otro de los ministerios a que se dedicó con entusiasmo, recién ordenado sacerdote, fue la visita y asistencia de los encarcelados del vecino penal del Dueso, en Santoña.

En agosto de 1881, Luis Amigó regresó a Valencia y fue destinado a un convento en Masamagrell, donde nació. Allí se encargó de reorganizar la Tercera Orden Franciscana Seglar en los pueblos de la comarca: un movimiento de cristianos laicos comprometidos a vivir el espíritu franciscano en medio de sus quehaceres familiares y sociales. En poco tiempo, eran más de cinco mil los terciarios franciscanos -hombres y mujeres- que él acompañaba en los distintos pueblos cercanos a su convento.

Fruto de todo ese intenso trabajo que el P. Luis Amigó venía realizando con los seglares fue el nacimiento de las dos congregaciones religiosas que fundó. Primero, con tan sólo 30 años de edad, fundó -el 11 de mayo de 1885- la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. Posteriormente -el 12 de abril de 1889-, cuando aún tenía 34 años, fundó la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores.

En 1907, cuando contaba 52 años de edad, recibió la noticia de que el Papa lo había nombrado Obispo. Fue obispo primero de Solsona (1907-1913) y, posteriormente, de Segorbe (1913-1934). En ambas diócesis siguió sintiendo predilección por los jóvenes, la gente sencilla y trabajadora y los marginados de la sociedad. Acogió a los pobres con generosidad y siempre mantuvo abiertas para ellos las puertas de su casa, de su corazón y de su bolsillo. Sentó a su mesa a gente modesta y obreros ocupados temporalmente en alguna de sus obras. Continuó ocupándose, con entrañas de misericordia, del mundo de la marginación.

El P. Luis Amigó murió el 1 de octubre de 1934 en Godella (Valencia), en la casa madre de los Hermanos Terciarios Capuchinos. Fue enterrado en Masamagrell, en la capilla de la casa madre de las Hermanas Terciarias Capuchinas y su tumba es lugar de peregrinación y veneración por parte de muchos feligreses.

El 13 de junio de 1992, el Papa San Juan Pablo II lo declaró Venerable y la Iglesia se pronunció sobre él definiéndole como "Gigante de la santidad, modelo y prototipo de religioso, sacerdote, fundador y obispo". Actualmente está en proceso de beatificación.

San Andrés de Soveral y compañeros mártires

La Iglesia del Brasil recuerda con emoción los primeros días de su establecimiento cuando determinados colonizadores querían establecerse en las tierras salvajes de la selva en busca de beneficios materiales y de mejor estilo de vida. Eran los días en los que desde Europa llegaban grupos de diversas creencias y actitudes religiosas. Con frecuencia coincidían en los mismos destinos colonizadores sin escrúpulos, resentidos contra los católicos si eran protestantes, y contra los cristianos si eran de otras religiones. Aconteció en América del Norte y también en Brasil.

El 25 de diciembre de 1597, solemnidad de Navidad, llegaron por primera vez al Brasil los miembros de una expedición colonizadora, acompañada por cuatro misioneros -dos jesuitas y dos franciscanos-, pioneros de la evangelización del Río Grande del Norte. Se establecieron en un lugar que llamaron Natal (Navidad) que hoy es próspera capital de la provincia de Río Grande del Norte. Poco a poco se dedicaron al trabajo; a la siembra del Evangelio en las tierras habitadas por los indios «potiguares».

Pronto surgió una cristiandad floreciente y los misioneros, además de predicar el mensaje cristiano, se dedicaron a proteger a los indígenas ante la voracidad de los colonizadores. Medio siglo después llegaron también colonos holandeses. Fue en diciembre de 1633 cuando la capitanía de Río Grande del Norte cayó en poder de los advenedizos y se produjo, por algún tiempo, la llamada «invasión holandesa de Brasil». Los recién venidos traían las consignas de su metrópoli de Europa, pues desde 1637 a 1644 Mauricio de Nassau había decretado la tolerancia religiosa, a pesar de las protestas del Sínodo de la reforma calvinista. Mas en las colonias tardaban en llegar y en cumplirse las órdenes de Europa y las decisiones emanadas de la autoridad se burlaban si otros intereses arrastraban a los aventureros de fortuna.

Por eso llegaron entre los «invasores» de Río Grande nutridos grupos de calvinistas, sobre todo reclutados como soldados sin entrañas, deseosos de enriquecerse y de combatir con cierto fanatismo contra los católicos portugueses ya establecidos en la región. Las tensiones entre portugueses y holandeses, entre los católicos y los calvinistas, estuvieron en la base de las matanzas que acontecieron en Río Grande.
Martirio de Cunhaú

El 16 de julio de 1645, los holandeses que ocupaban el nordeste de Brasil, llegaron a Cunhaú, en Río Grande del Norte, donde varios colonos residían en los alrededores del Molino, ocupados en la plantación de la caña de azúcar. Era un domingo. La hora de la misa, 69 personas se reunieron en la capilla Nuestro Señora de Candeias. La capilla fue rodeada e invadida por soldados e indios que eliminaron a todos los que allí estaban, incluyendo al párroco sacerdote Andrés de Soveral que celebraba la misa. Ellos no opusieron resistencia a los agresores y entregando sus almas piadosamente al Creador.
Martirio de Uruaçu

Aterrorizados por lo acontecido en Cunhaú, muchos habitantes pidieron asilo en el Fuerte Reis Magos (“Reyes Magos”), o se refugiaban en lugares improvisados. El 3 de octubre, cerca de 80 fueron llevados a los márgenes de Río Uruaçu, donde los esperaban soldados holandeses e indios armados. Los holandeses, calvinistas de religión, que eran acompañados por un pastor protestante, les ofrecieron a quienes apostataban el perdonarles la vida, todos los que se resistieron a esta oferta fueron bárbaramente sacrificados. Entre ellos estaba Mateo Moreira que, cuando le arrancaban el corazón por la espalda, murió exclamando: "Alabó es Sagrado Sacramento".

San Andrés de Soveral

Nacido en São Vicente, hoy el Estado de São Paulo, alrededor del año 1572. Ingresó en la Compañía de Jesús el 6 de agosto de 1593, en Bahia; estudió latín y Teología Moral. Sabiendo muy bien el idioma indígena, estaba a cargo de de la conversión del Indios en los territorios dependientes de la escuela de Pernambuco, en la ciudad de Olinda.

En 1606 viaja a Río Grande en una misión. Probablemente entre 1607 y 1610 pasó al clero diocesano, regresando a Rio Grande en 1614 ya como sacerdote secular y quedándose esta vez como parroco de Cunhaú. El tendría 73 años cuando fue martirizado mientras celebraba la misa en su iglesia parroquial:


“La figura del P. Andrés de Soveral, el pastor del pequeño rebaño de Cunhaú, despunta como el gran héroe que, no sólo ofreció su vida por la fe en el momento sublime del sacrificio eucarístico, sino que también exhorto a sus feligreses a que hicieran lo mismo, aceptando voluntariamente el martirio” (PEREIRA, F. de Assis. Protomártires de Brasil, p. 17)

San Domingo Carvalho

Además del San Andrés, Domingo es el único nombre conocido de entre todas las víctimas de la masacre de Cunhaú. Después de la matanza, los asesinos empezaron a hacer fiesta y a robar las pertenencias de los cadáveres. Se dice que en uno de los cuerpos, el de Domingo Carvalho, quien era uno de los principales del lugar, encontraron cierta cantidad de oro que fue distribuido entre en los asesinos.

San Ambrosio Francisco Ferro

La primera información que se tiene del P. Ambrosio data de 1636, consistiendo aquella en que él era el vicario de Río Grande. Aparentemente mantenía una relación amistosa con los holandeses, ya que les pidió asilo en la Fortaleza. Otro mártir, el San Antonio Vilela Cid, estaba casado con la hermana de P. Ambrósio, Inés Duarte, “açoriana”. Se deduce por lo tanto que él era “açoriano” que es decir portugués.

La lista de los demás canonizados es la siguiente:
San Juan Lostau Navarro;
San Antonio Vilela Cid;
Santos Antonio Vilela hijo y su pequeña hija;
Santos Estaban Machado de Miranda y sus dos pequeñas hijas;
Santos Manuel Rodrigues de Moura y su esposa;
San José do Porto;
San Francisco de Bastos;
San Diego Pereira;
San Vicente de Souza Pereira;
San Francisco Mendes Pereira;
San Juan de Silveira;
San Simón Correia;
Santos Juan Martins y siete compañeros;
La Santa hija de Francisco Días;
San Antonio Barrocho;
San Mateo Morreira.

A estos mártires se los recuerda en las dos fechas de sus martirios: 16 de julio y 3 de octubre.

Venerable Pierre Toussaint

Pierre Toussaint nació esclavo el 27 de junio de  1766 en la colonia francesa de Saint Domingue, que es la actual Haití. Su bisabuela había nacido en África y fue  vendida como esclava en el Caribe. Pierre trabajó como esclavo en una plantación propiedad de Jean Berard. Fue educado por los tutores de la familia, lo cual era muy inusual para la época.

Cuando los disturbios políticos llegaron a la isla, su amo envió a su esposa  a  Pierre y su hermana, Rosalie, a  Nueva York. A Pierre se le permitió aprender el oficio de peluquero. Ganó su propio dinero, y cuando la familia de su dueño cayó en tiempos difíciles, usó ese dinero para cuidarlos. Madame Berard prometió liberarlo cuando muriera, lo que hizo en 1807, cuando Pierre tenía 41 años.

Pierre trabajó muy bien como peluquero entre los ricos de Nueva York. Compró la libertad de otra esclava, Juliette Noel, y se casaron y adoptaron una hija. Desde el principio, la pareja era muy consciente de las necesidades de los pobres. Abrieron su hogar a los huérfanos y como refugio para los necesitados. Sin embargo sufrieron mucho  cuando su hija murió a la edad de 14 años.

Pierre vivió en una época en la que no solo era menospreciado como un esclavo liberado, sino que el anticatolicismo era fuerte en Nueva York en ese momento. Esto no le impidió que Pierre profesara su fe católica. Asistió a misa todos los días durante más de 60 años y  al  rezo del Rosario. También era un maestro de la fe y podía explicar las enseñanzas de la iglesia bien y de manera simple.

Además de ayudar a otros con el dinero que ganó, dio una gran cantidad  para ayudar a financiar la construcción de la Catedral  de San Patricio en la calle Mulberry. La historia cuenta que el día que se dedicó la catedral, Pierre fue a la iglesia para la celebración. Pero como era negro,  no le permitiría entrar. Pierre, que había pagado gran parte del edificio de la catedral, se disculpó y se volvió para irse. Pero otro acomodador lo reconoció e inmediatamente lo llevó a un asiento de honor.

Cuando Pierre murió el 30 de junio de 1853, fue enterrado en el cementerio de la catedral. Pero en 1990, el cardenal de Nueva York hizo que sus restos fueran trasladados a la cripta de la Catedral de San Patricio, donde solo están enterrados cardenales y arzobispos. Pierre es el único laico en ser tan honrado.

En 1996, el Papa San Juan Pablo II declaró a Pierre Toussaint "venerable".

Beato José María Escoto

El beato mártir mexicano, asesinado en la Guerra Civil española, nació en El Agua Caliente, municipio de Atotonilco el Alto (Jalisco, México) el 10 de agosto de 1878. Fue bautizado dos días después con el nombre de Gabriel. Sus padres, Anastacio Escoto Herrera y María Ruiz Pérez, tuvieron doce hijos. Gabriel fue confirmado junto con su hermano Pascual el 8 de febrero de 1882. Su madre, moriría al dar a luz a su hermano Ramón, el 16 de febrero de 1884; así que Gabriel quedó huérfano a los cinco años y medio; su padre Anastacio murió el 31 de julio de 1900.

Gabriel hizo sus estudios en Atotonilco, donde su padre tenía un comercio. Gabriel trabajó con él, y cuando su padre murió, vivió sucesivamente con tres hermanas casadas. En el año 1900 se fue a vivir a la Ciudad de México, y luego a otros puntos del país. Poco después estuvo trabajando en Saint Louis, estado de Missouri (EEUU), e incluso vivió cinco años en Argentina. Regresó a los Estados Unidos, a Chicago; allá se estableció y estudió inglés, mientras trabajaba en la casa comercial Montgomery. Fue la Montgomery quien lo envió como su agente comercial a Guadalajara (México), donde vivirá con una de sus hermanas. Luego partió hacia México con su hermana Beatriz; Gabriel daba clases de inglés y escribía en el periódico “El Demócrata”.

Regresó a Guadalajara, donde conoció a la señorita Rosa Orozco, y se enamoró de ella. Rosa no quiso casarse antes de que él hiciera Ejercicios Espirituales con los padres jesuitas. Gabriel asistió con el padre Castro, la gracia de Dios tocó en el fondo de un hombre que, a sus 48 años había dejado de frecuentar los sacramentos en sus largas estancias fuera del país, si bien nunca perdió la fe en Cristo ni la devoción a la Virgen María.

Contrajo matrimonio el 30 de julio de 1926, justo un día antes de la suspensión de cultos en todo el país. Precisamente cuando la persecución religiosa, conocida como de los cristeros, estaba llegando a su apogeo, Gabriel se fue acercando cada vez más a Cristo; poco a poco fue intensificando su vida de piedad, hasta llegar a ser hombre de comunión diaria; a los dos esposos se les veía rezando largas horas en el templo, y practicando otros actos de piedad.

Seguramente Gabriel se estremeció con el boicot tapatío; con el levantamiento armado en Los Altos; con el martirio del beato Anacleto González Flores y sus compañeros, en abril de 1927; con los crímenes de guerra de los federales; y los enormes sufrimientos de la población civil en el occidente del país. Fue testigo también de la reapertura de cultos y de los posteriores ataques oficiales a la libertad religiosa.

En 1934, ocho años después de casados y no teniendo hijos, los esposos Escoto Orozco decidieron abrazar la vida religiosa: él quería hacerse jesuita y ella religiosa de la Visitación (salesas), ya que en Durango (España) tenía tres hermanas en esa congregación. Informados de que necesitaban el indulto apostólico (un privilegio concedido por el Santo Padre), decidieron viajar a Roma para obtenerlo. En la Ciudad Eterna Gabriel expuso su situación en la Curia Generalicia de la Compañía de Jesús; desconsolado por lo que él interpretó como una negativa, se dirigió a la Curia General de los Carmelitas, donde habló con un sacerdote español, el P. Bartolomé Xiberta. Aconsejados por él, se dirigieron a Barcelona. Allí los atendieron y el 4 de marzo de 1935 se abría en la Curia Diocesana el proceso del indulto apostólico. Rosa entró con las salesas, y el 19 de marzo de 1935, a sus casi 57 años, Gabriel, como postulante en la Orden de Carmelitas de la Antigua Observancia (Calzados) y recibió el nombre de José María.

De la Comunidad de Carmelitas de Tárrega (Lérida) pasó a Olot (Gerona) el mismo mes de marzo; allí José María, que continuaba siendo muy piadoso y puntual, pidió permiso al padre Prior para hacer una hora extra de adoración ante el Sagrario. Siete meses después regresó a Tárrega, donde vistió el 14 de octubre el hábito de novicio; José María estaba contento, se le veía siempre amable y sonriente, colaborando con humildad en los servicios de la casa, como lavar platos o barrer; su paz sólo la turbó el saber que Rosa Orozco no se encontraba a gusto con las salesas; ella decidió pasar al monasterio carmelita de Vic (Barcelona) a principios de enero de 1936; así los dos fueron del Carmelo.

La profesión religiosa de José María estaba prevista para el 15 de octubre de 1936, pero la persecución y la muerte se lo impidieron, apenas un año y cuatro meses después de entrar en la comunidad carmelita. A sus 58 años fue agraciado con el don del martirio con sólo diez meses de noviciado carmelita.

Al presentarse los revolucionarios en el convento de los Carmelitas a mediodía del 28 de julio, el superior, P. Ángel María Prat, les dijo: “-¿Qué vais a hacer con nosotros? ¿Matarnos? Si es así, matadnos sólo a los mayores; dadme a mi todas las muertes que queráis, pero dejad libres a estos jóvenes, que les están esperando en sus casas”.

Su ofrecimiento no fue aceptado, y los doce carmelitas fueron conducidos al cuartel de milicias, “a declarar”. Entre empujones, palabrotas, blasfemias y culatazos, les hicieron subir a un camión, vigilados por milicianos armados. Vecinos, ocultos tras las persianas del balcón, presenciaban los hechos. Dijeron que los llevaban a Igualada o a Barcelona. Se sabe que primero intentaron matarlos junto al cementerio, donde les robaron, pues allí aparecieron sus maletas descerrajadas.

Como las dos de la madrugada del ya 29 de julio, atados de dos en dos, bajaron a los carmelitas en el Clot dels Aubens, a dos kilómetros de Cervera, hoy justo bajo la autovía Barcelona-Lérida. Allí los fusilaron, echando sus cuerpos a un estercolero. Los rociaron con gasolina y les prendieron fuego. Colocaron encima el cadáver del Prior, P. Ángel María Prat. Uno de los escopeteros pregonaba por los bares de Lérida: “¡Hay que ver cómo se resistían estos frailes a dejarse quitar los Crucifijos!”.

Los campesinos Santiago Fábregat y Juan Bravo presenciaron la cremación, y éste último declara que pudo oír los leves quejidos de algún carmelita en estertores de muerte. También vio cómo “al que estaba encima de la pira -de buena talla, traje azul y zapato marrón (P. Prat) se le prendía la pantorrilla, quedando el hueso al descubierto”.

Doña Concepción Tomás de Bosquet declara que en la mañana del día 29 de julio iba a la era, y se cruzó con dos milicianos que volvían del Clot dels Aubens, y que les oyó decir lo mismo: “¡Hay que ver cómo se resistían a dejarse quitar los Crucifijos!”.

Sor Margarita Fargas, que se encontraba en el Hospital de Cervera aquella noche, declara que dos individuos que estaban de guardia en el mismo Hospital fueron a ver lo que pasaba con los frailes detenidos, y que al volver refirieron que los Padres Ángel María Prat y Eliseo María Maneus animaban a los a los más jóvenes a gritar: “¡Viva Cristo Rey!”.

Echaron sobre los cadáveres quemados carros de estiércol para que se pudrieran. Pero como los cadáveres no se consumían, en días sucesivos repitieron las cremaciones, alimentando la hoguera con gavillas. Esta quema duró más de tres semanas. Un día después apareció en medio del camino una cabeza con los sesos estrellados por una gran piedra. Nadie les dio sepultura. El hedor de los cadáveres insepultos atufaba la zona, y ante las protestas de los vecinos que temían una infección, el Ayuntamiento mandó a dos basureros a recoger los restos con el carro de la basura. Se negaron a cargarlos diciendo: “Quienes han hecho la fechoría que se lleven los muertos”.

Como acudían los perros a cebarse con los cadáveres, pasado un mes, el dueño del terreno tuvo que recoger los restos junto con el estiércol, y esparcirlos como abono en una viña aledaña de su propiedad. Años después, al formarse la nueva comunidad Carmelita en Tarrega, los hermanos indagaron sobre el lugar del martirio, conocido como “Clot dels Aubins” y recogieron los restos que pudieron encontrar. Se conservan en la capilla de la comunidad.

Los mártires Carmelitas de Tárrega, fueron beatificados en Roma el 28 de octubre de 2007, durante el pontificado del papa Benedicto XVI. En la parroquia de la Sagrada Familia de El Agua Caliente (Atotonilco, Jal.) se le tiene en gran veneración, por ser su hijo predilecto.