jueves, 11 de febrero de 2021

Nuestra Señora de Lourdes en las palabras de Santa Teresa de Los Andes

En febrero de 1917, Juanita hizo con su madre una peregrinación al santuario de la gruta de Lourdes en Santiago. Al volverse, ella escribió en su Diario la oración siguiente a la Virgen María.


Anteayer y ayer fuimos a Lourdes. ¡Lourdes! Esta sola palabra hace vibrar las cuerdas más sensibles del cristiano, del católico. ¡Lourdes! ¡Quién no se siente conmovido al pronunciarla! Significa un Cielo en el destierro. Lleva envuelto en su manto de misterio todo lo grande de lo que es capaz de sentir el corazón católico. Su nombre hace remover los recuerdos pasados y conmueve las sensaciones íntimas de nuestra alma. Ella encierra alegría, paz sobrehumana, donde el peregrino, fatigado del camino pesaroso de la vida, puede descansar; puede sin cuidado dejar su bagaje, que son las miserias humanas, [y] abrir su seno para recibir el agua del consuelo, del alivio. Es donde las lágrimas del pobre con el rico se confunden, donde sólo encuentra una Madre que los mira y los sonríe Y en esa mirada y sonrisa celestiales hacen brotar de ambos pechos sollozos que el corazón, de felicidad, no puede dejar de escapar y que lo hace esperar, amar lo imperecedero y lo divino.

Sí, Tú eres, Madre, la celestial Madonna que nos guío. Tú dejaste caer de entre tus manos maternales rayos de cielo. No creí que existiera la felicidad en la tierra; pero ayer, mi corazón sediento de ella, la encontró. Mi alma, extasiada a tus plantas virginales te escuchaba. Eras Tú la que hablabas y tu lenguaje de Madre era tan tierno... Era de cielo, casi divino.

¿Quién no se anima, al verte tan pura, tan tierna, tan compasiva, a descubrir sus íntimos tormentos? ¿Quién no te pide que seas estrella en este borrascoso mar?¿Quién es el que no llora entre tus brazos sin que al punto reciba tus ósculos inmaculados de amor y de consuelo? Si es pecador, tus caricias lo enternecen. Si es tu fiel devoto, tu presencia solamente enciende la llama viva del amor divino. Si es pobre, Tú con tu mano poderosa lo socorres y le muestras la patria verdadera. Si es rico, lo sostienes con tu aliento contra los escollos de su vida agitadísima. Si es afligido, Tú, con tus miradas lagrimosas, le muestras la Cruz y en ella a tu divino Hijo. ¿Y quién no encuentra el bálsamo de sus penas al considerar los tormentos de Jesús y de María? El enfermo, por fin, halla en su seno maternal el agua de salud que deja brotar con su sonrisa encantadora, que lo hace sonreír de amor y de felicidad.

Sí, María, eres la Madre del universo entero. Tu corazón está lleno de dulzura. A tus pies se postran con la misma confianza el sacerdote como la virgen para hallar entre tus brazos al Amor de tus entrañas. El rico como el pobre, para encontrar en tu corazón su cielo. El afligido como el dichoso, para encontrar en tu boca la sonrisa celestial. El enfermo como el sano, para encontrar en tus manos dulces caricias. Y por fin, el pecador como yo encuentra en Ti la Madre protectora que bajo tus plantas inmaculadas tienes quebrantada la cabeza del dragón; mientras que en tus ojos descubre la misericordia, el perdón y faro luminoso para no caer en las cenagosas aguas del pecado.

Madre mía, sí. En Lourdes se encontraba el cielo: estaba Dios en el altar rodeado de ángeles, y Tú, desde la concavidad de la roca, le presentabas los clamores de la multitud arrodillada ante el altar. Y le pedías que oyese las súplicas del pobre desterrado en este valle de lágrimas, mientras que, junto con los cantos, te ofrecían un corazón lleno de amor y gratitud.

(Diario, §19)

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