lunes, 15 de junio de 2020

Santa Juliana de Mont-Cornillon

Juliana nació en Retinne en 1191, y fue la segunda hija de los nobles Enrique y Fraisend, cristianos piadosos y caritativos. Tenía la pequeña Juliana 6 años, y su hermana 7, cuando sus padres murieron en una epidemia. Las dos niñas fueron internadas en el monasterio de Mont-Cornillon, pues sus familiares lo prefirieron a criarlas ellos. La priora, temiendo por la salud de las niñas en el ambiente cerrado y austero del monasterio, las envió a Amescoeur, una granja comendataria del monasterio, a cargo de una Hermana llamada Sapiencia. Las granjas y sus recintos religiosos formaban parte de los monasterios y tenían sus estatutos propios, pero su libertad de acción estaba limitada por la obediencia al monasterio "madre". Juliana se crió entre la piedad y el trabajo, y cada día se interesaba más en la vida religiosa. Sabiendo que San Nicolás de Bari (6 de diciembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias) gustaba de ayunar cuando era niño, comenzó ella misma a hacerlo. Un día que la Hermana Sapiencia lo notó, quiso templar sus penitencias y la castigó de rodillas unos minutos en la nieve, pero viendo que la niña obedecía y no se levantaba sin su permiso, le mandó a confesarse por ayunar sin permiso. El sacerdote, por su parte, para probar si su deseo de penitencia era de Dios, le dijo que debía decir a la Hermana le cociera un huevo y comerlo en el acto. Juliana obedeció y en adelante pidió permiso para cada penitencia o ayuno.

Así, a los 14 años y siendo la Hermana Sapiencia la priora de Mont Cornillon, Juliana pidió el velo en el monasterio y se le concedió. Antes, entregó una parte de sus propiedades heredadas al monasterio y otra parte a los pobres. De este monasterio se ha dicho era agustino aunque solo probable que siguiera la regla agustina, porque la Orden como tal aún no había nacido. No era un recinto de rigurosa clausura, como suelen ser ahora, sino que compartía edificio con una leprosería donde las monjas trabajaban como enfermeras atendiendo a las mujeres. También era mixto, por lo cual había monjes que cuidaban a los hombres. Y todos estaban bajo la obediencia de un superior. Así, Juliana pasó de la placidez de la granja a la realidad del mundo sufriente por la enfermedad y la muerte. Desde el principio no rechazó trabajo alguno, oraba entre las primeras, trabajaba hasta lo último y aún tenía tiempo para leer sobre todo a San Agustín.

En 1208, siendo aún novicia, estando en oración Juliana tiene una visión que no entendió: veía aparecer la luna brillante, pero con una mancha oscura que la atravesaba de lado a lado, como un anillo. Su priora no le hizo caso alguno cuando se lo contó y la envió a trabajar. En 1210 se repitió la experiencia, pero esta vez Dios le reveló el significado: la luna representaba a la Iglesia militante, la cual resplandecía por todo lo que Cristo había hecho por ella. Y si todas estas acciones de Cristo por su Iglesia (Encarnación, Pasión y Muerte, Resurrección, Ascensión, Pentecostés, etc) eran celebradas por la Iglesia, aún faltaba una celebración gozosa del don de su Real Presencia en la Eucaristía. Y esta falta era la mancha. Juliana solo comunicó su visión a la priora, que nuevamente le hizo poco caso, por lo cual Juliana decidió esperar que el mismo Dios le indicara qué hacer.

En 1225 murió la amada priora Sapiencia, y Juliana fue elegida para ser abadesa. Durante cinco años se dedicó a la reparación y ampliación del hospital y la iglesia, a la formación de las nuevas religiosas, sin olvidar la oración y la caridad en primera persona. En 1230, luego de 20 años de esperar una respuesta sobre su visión, Juliana decidió consultar a la Beata Eva (14 de marzo), una reclusa que vivía emparedada junto a la iglesia de San Martín y con la que tenía amistad, sobre la oportunidad de promover una nueva fiesta en la Iglesia. Eva solo dijo por toda respuesta sobre la oportunidad de una nueva fiesta: "Orad a Dios para que él vivifique en mí el mismo fuego de amor por el Sacramento que consume tu corazón". Con lo cual no es que ayudara mucho. Sobre el mismo tiempo Juliana recibió a la Beata Isabel de Huy (3 de septiembre), una mujer espiritual, a la que confió su visión e intención sobre la fiesta. Esta, espiritual, pero práctica, le respondió: "¿Por qué celebrar una fiesta especial para conmemorar una institución que todos los días recordamos los cristianos en el Santo Sacrificio de la Misa?". Con esta respuesta Juliana quedó confusa y decidió confiarse al mismo Sacramento al que tanto amaba. Pero, sin embargo, al año siguiente Isabel tuvo una visión en la cual veía a los santos implorar a Dios Padre que interviniera en la Iglesia para que tal fiesta al Sacramento fuera real. Y desde este día Isabel y Juliana fueron una en el mismo propósito. Con este aliento, lo primero que hizo Juliana fue consultar el erudito canónigo Juan de Lausana sobre su visión y el asunto. Este lo consultó con el célebre dominico Hugo de San Caro, con el obispo de Cambrai y con la Universidad de París. La opinión de todos fue que una fiesta así no sería contraria a la doctrina católica, e incluso serviría para mover a devoción al pueblo al Santísimo Sacramento. Juliana, animada con esto, pidió a esos mismos que compusieran un Oficio Litúrgico para la festividad, pero todos lo rechazaron por ser demasiado atrevido, sin consentimiento papal. Entonces Juliana se dirigió a un Hermano del monasterio llamado Juan, muy sencillo y humilde, y le pidió compusiera las oraciones e himnos. Juan consintió a cambio de que Juliana orara en todo momento mientras él estuviera escribiendo. 

Pronto se supo de la "innovación de la monja". Parte del clero se opuso, y enseguida comenzaron las burlas entre los religiosos y el pueblo. Visionaria, exaltada, "curesa"… de todo fue llamada Juliana. Y esto a pesar del prestigioso apoyo de Hugo de San Caro. El prior, Roger, aprovechó la ocasión para intrigar contra Juliana, la cual como superiora administraba los recursos del hospital, que era propiedad de la ciudad. Comenzó por correr el rumor de que los recursos del hospital irían ahora destinados a la novedad de la fiesta y yendo a manos de clérigos y teólogos, y aún más, para sobornar al obispo de Lieja, Robert de Thoret, para lograr su buen parecer. Al mismo tiempo se presentaba él mismo como el mejor preparado para asumir las finanzas del hospital, que era lo que quería. Con esto logró reunir a varios exaltados que se fueron contra el hospital, violentando las puertas reclamando por la claridad de las cuentas (al fin y al cabo el hospital y las monjas se mantenían con los ingresos de impuestos) y amenazando a Juliana. Pero esta, advertida, había huido a San Martín y refugiádose con la reclusa Eva. Entre tanto el obispo organizó una investigación para aclarar la verdad, mientras Juliana permanecería en San Martín y el prior era destinado al leprosorio de Huy. Finalmente se comprobó la caridad de las cuentas, lo infundado de las acusaciones y Juliana pudo volver a su monasterio y oficio. Pero no volvió a hablar del asunto de la fiesta del Sacramento.

En 1246 murió el obispo, luego de leer el oficio de la nueva festividad y recomendar a sus canónigos y sacerdotes en un Sínodo, que la celebraran en la diócesis. Pero a su muerte nadie hizo caso de su recomendación. Sin embargo, el capítulo de canónigos de San Martín, influenciados por el prestigio de santidad de la Beata Eva, decidió celebrar la fiesta del Sacramento, el jueves siguiente a la Octava de Pentecostés. Así, el 12 de junio de 1247 se celebró la primera festividad de Corpus Christi. Hay que señalar que la fecha no corresponde a visión alguna, sino a simplemente se eligió el jueves, día que recuerda la Institución de la Eucaristía, y luego del tiempo “fuerte” de la Pascua y Pentecostés.

Al año siguiente tomó posesión el obispo Enrique de Guelder, y los enemigos de Juliana pensaron era buen momento para que regresara el antiguo prior. Pero para esto era necesaria la autorización de Juliana, la cual se negó rotundamente. Por ello, sus opositores nuevamente se conjuraron contra ella, especialmente algunas monjas, y Juliana tuvo que esconderse junto a otras religiosas en el convento de Robertmont. Allí estuvo poco tiempo, por miedo de las monjas al poder de Roger, así que Juliana y las suyas se fueron al monasterio de Val-Benoit. Pero de ahí la echaron. Y así, de un sitio a otro fueron vagando, hasta hallar reposo en Namur. Allí le llegó el consuelo y apoyo de Hugo de San Caro, a la sazón cardenal de Santa Sabina, que se hallaba en Lieja como legado papal de Inocencio IV. Hugo de San Caro oyó a la ciudad contra Juliana, desestimó las acusaciones como falsas, hizo la paz y con su poder de legacía, aprobó el Oficio Litúrgico y la institución de la Solemnidad del Corpus. Y no solo esto, sino que anunció que él mismo la celebraría en la iglesia de San Martín. Entretanto, la abadesa de Salzinne había levantado pleito a favor de Juliana contra el monasterio de Mont Cornillon, pues si este había sido enriquecido por las posesiones de Juliana, ya que la habían expulsado, el monasterio o la ciudad deberían pagarle una renta vitalicia. El pleito fue ganado por Juliana, que pudo vivir más holgadamente junto a tres religiosas fieles: Isabel, Inés y Odilia. Pero más alegría le dio cuando en 1251 el nuncio apostólico en Maastricht visitó Lieja y confirmó la celebración del Corpus. Ese año se celebró solemnemente, pero ya al año siguiente solo los canónigos de San Martín la celebraron, y así fue durante años.

En 1256, Enrique II de Luxemburgo entró en Namur, sitiando la ciudadela. Durante los dos años que duró el asedio, el país fue asolado y la abadía de Salzinne fue quemada. La abadesa y Juliana, habían encontrado refugio en Fosses, donde esta última cayó enferma. Al sentir acercarse a su final, envió a buscar a su viejo amigo, Juan de Lausana, que viniera a visitarla, pero este no asistió a su lecho de muerte. Juliana falleció el 5 de abril de 1258, llevándose un secreto que el Señor le había revelado, pero que se negó a decir a nadie por desconfianza con las monjas. Ni lo redactó bajo notario, pues tampoco se confió del que le presentaron. Fue sepultada en Fosses, y sus reliquias se trasladaron a Portugal en 1565. De allí las llevó a París Antonio I de Portugal cuando fue exiliado. Su hijo Emanuel de Portugal las llevó consigo a su capilla privada en Bruselas, aunque en 1626 las donó a la iglesia del Salvador de Amberes. En 1746 los canónigos de San Martín en Lieja lograron les cedieran una porción de las reliquias de su amada “madre”. Y otras reliquias se repartieron en otras iglesias. Su culto fue autorizado en 1869.

En cuanto a la fiesta del Corpus, inseparable de la memoria de Santa Juliana, cuando Santiago Pantaleón, amigo de la Beata Eva, fue elegido papa como Urbano IV en 1261, retomó el asunto, releyó la redacción primitiva de Juan de Lausana y en el 11 de agosto de 1264 autorizó la celebración del Corpus Christi, encomendando a Santo Tomás de Aquino (7 de marzo y 28 de enero, traslación de las reliquias) la composición de un nuevo Oficio Litúrgico para toda la Iglesia. Hay que decir que el Doctor Angélico no redactó las antífonas para el Benedictus y Magnificat, ni los Himnos de Prima, Tercia, Sexta y Nona, sino que se usaron los compuestos por el humilde Hermano Juan, revisados por Santa Juliana. Lamentablemente estos textos no se conservan. En 1311 el Concilio de Vienne ratificó la bula de Urbano IV, mandando fuera celebrada por toda la Iglesia, pues algunas aún ponían resistencia.

Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo IV. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916

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