jueves, 14 de noviembre de 2019

Venerable Coínta Jáuregui Osés

Cointa nace el 8 de febrero de 1875 en el pequeño pueblo de Falces (Navarra). Sus primeras educadoras fueron su abuela, su madre y las Hijas de la Caridad, que dirigían la única escuela existente en el pueblo. Allí aprendió a leer y escribir, además de la formación cristiana.

Para completar su educación, cumplidos los 14 años, sus padres la llevaron interna al Colegio de la Enseñanza de Tudela. Aunque al principio notó el cambio, ya que pasó de corretear libre por las calles de Falces a estar en el internado, pronto se sintió bien y le tomó gusto a las clases, al estudio, a la formación espiritual, a las religiosas y a sus compañeras. En este ambiente se forjó su vocación religiosa.

Pasados tres años, sus padres la retiraron del internado y regresó al pueblo. Cuando les comunicó su intención de hacerse religiosa, éstos quisieron poner a prueba su propósito y le prohibieron hablar de ello. Dos años después le dieron permiso para ingresar en la Compañía de María y en 1893 entró en el Noviciado de Tudela, donde hizo los primeros votos y vivió sus primeros años como educadora hasta que, en 1899, fue destinada a la fundación del Colegio de Talavera de la Reina (Toledo).

En Talavera, fue prefecta del colegio y procuradora de la comunidad. En estos años, tanto las religiosas como las alumnas, pudieron comprobar sus cualidades y virtudes. Sobresalía su humildad y prudencia, su generosidad y buen trato a las personas, su disponibilidad y oración, su fortaleza y su búsqueda de la verdad y del mayor bien. Pedía a Dios vivir en el día a día: “las delicadezas de la caridad”.

La Comunidad la eligió como superiora en 1915. Pronto obtuvo la confianza y el amor de las religiosas y continuaron eligiéndola durante varios trienios.

Cuando en 1900 tuvo lugar la Beatificación de Juana de Lestonnac, el Papa León XIII, en la audiencia que concedió a las religiosas, les manifestó el deseo de que se realizara la Unión de todas las Casas de la Orden, hasta entonces autónomas, bajo un gobierno centralizado. Este era el deseo de la Fundadora, y así lo había diseñado en el primer Documento entregado al Cardenal de Sourdis para la aprobación del Instituto, pero no fue aceptado.

Esta Unión se hizo realidad en el año 1921, no sin sufrimiento provocado por fidelidades contrapuestas: unas al primer proyecto y otras a la tradición de la Orden. La Comunidad de Talavera fue del grupo de Casas que se resistió a esta unión. Sin embargo, Coínta Jáuregui, con el paso del tiempo y empujada por las circunstancias históricas en las que se encontró poco a poco se fue dando cuenta de las ventajas que ofrecía el gobierno centralizado.

A partir de 1933, se empezaron a vivir momentos de inseguridad política que llegaron al máximo al estallar la guerra civil. El 24 de julio de 1936 las religiosas tuvieron que abandonar el convento. M. Coínta procuró buscarles alojamiento en familias de las alumnas y de las religiosas que se prestaron generosamente a acogerlas. Pronto Talavera fue recuperada por las tropas nacionales pero el colegio fue convertido en hospital. Las religiosas no podían volver a habitarlo. Mientras tanto, Coínta se preocupó de mantenerlas unidas y dedicadas a la educación, primero en un casa y después en un pequeño hotel.

Una de las religiosas que había ido a Badajoz a refugiarse con su familia, recibió la petición de que se fundara un Colegio para las niñas. Coínta se trasladó a Badajoz y vio que era factible la fundación, aunque fuera provisionalmente y permaneció allí durante un tiempo. Por fin, en 1940, pudo reunir de nuevo a la comunidad en Talavera y abrir de nuevo el colegio.

Los duros acontecimientos de la guerra civil española y su incidencia en la vida y misión del monasterio de Talavera de la Reina, le hicieron entender mejor los desafíos del momento histórico que se vivía y le ayudaron a discernir el querer de Dios. Comprendió las bondades de la unión a la que ella se resistía y que la fidelidad al Carisma va más allá de las formas en que se encarna en un momento dado; la riqueza de esos dones que Dios da a la Iglesia, a través de los fundadores y fundadoras, encierra virtualidades siempre nuevas para cada momento de la historia.

Coínta comenzó un diálogo con cada religiosa y posteriormente con la comunidad, planteando la conveniencia de adherirse a la Unión. Fue un tiempo intenso de oración, reflexión y discernimiento. El resultado de la votación de la comunidad fue la no adhesión. M. Coínta aceptó el resultado. Coherente con sus ideas, solicitó un permiso a la Santa Sede y pidió a la M. General la admisión en la Unión. En junio de 1941 fue destinada a la Comunidad de San Sebastián, que la recibió con gozo por la fama de santidad y el prestigio que tenía. A sus 66 años se adaptó rápidamente a la nueva situación.

Desde el primer momento estuvo al servicio de las necesidades de la comunidad y vivía la cotidianidad desde el amor y la entrega en humildad: atendía a la portería, ayudaba a la profesora de párvulos, preparaba a las niñas para la primera comunión, vigilaba estudios… Siempre disponible para lo que hiciera falta.

Murió el 17 de enero de 1954. Inmediatamente la Comunidad de San Sebastián empezó a recibir gran cantidad de escritos y cartas sobre la santidad de su vida, que también había sido reconocida “siempre y en todo buena” mientras vivía.
En 1961 se inició el proceso de Beatificación, que actualmente sigue adelante con la aprobación de los Consultores teólogos de la Congregación de las Causas de los Santos. Sus restos fueron trasladados a la Casa de Tudela el 7 de abril de 2010.

Son muchas las personas que, desde los cuatro continentes, confían en su intercesión y agradecen los favores recibidos. Creemos poder afirmar que la vida de la M. Coínta es transparencia del Dios Amor. Su relación con las personas, su libertad interior para dejarse transformar por las experiencias en las que veía la presencia y acción amorosa del Señor y su valentía para ser coherente con lo que descubría como voluntad suya, marcan su camino de santidad. En la fuerza del amor y de la verdad, encontró el secreto para construir la historia y el fundamento de una educación humanista cristiana, tan necesaria en nuestro mundo.


lunes, 11 de noviembre de 2019

Nuestra Señora de los Pueblos




Señor Jesucristo, Hijo del Padre
Manda ahora Tu Espíritu sobre la tierra,
Haz que el Espíritu Santo
Habite en el corazón de todos los pueblos,
para que sean preservados de la corrupción,
de las calamidades y de la guerra.
Que la Señora de todos los pueblos,
Que un día era María,
Sea nuestra abogada. 

Amén.







domingo, 10 de noviembre de 2019

Beato Bronislao Markiewicz

Bronislao Markiewicz nació el 13 de julio de 1842 en Pruchnik, Polonia, en la actual archidiócesis de Przemyśl de la Iglesia latina, sexto de once hijos de Juan Markiewicz, burgomaestre de la ciudad, y Marianna Gryziecka. Recibío en su familia una sólida formación religiosa. Más tarde, durante sus estudios clásicos en Przemyśl, experimentó una cierta vacilación en la fe debido, en gran parte, al ambiente fuertemente antirreligioso que reinaba en la escuela. Logró, sin embargo, superarla pronto recobrando serenidad y paz interior.

El joven Bronislao, conseguido el diploma de licenciatura y sintiéndose llamado por Dios al sacerdocio, en 1863, entró en el Seminario Mayor de Przemyśl. Al acabar los estudios, fue ordenado sacerdote el 15 de septiembre de 1867. Después de seis años de trabajo pastoral, en calidad de vicario, en la parroquia de Harta y en la Catedral de Przemyśl, con el deseo de prepararse aún más para trabajar con la juventud, estudió durante dos años pedagogía, filosofía e historia en la Universidad de Leópolis y de Cracovia. En 1875 fue nombrado párroco en Gac y en 1877 en Blazowa. En 1882 le fue confiada la enseñanza de teología pastoral en el Seminario Mayor de Przemyśl.

Sintiéndose llamado también a la vida religiosa, en el mes de noviembre de 1885, partió hacia Italia y entró en los Salesianos, donde tuvo la alegría de encontrar a San Juan Bosco, en cuyas manos hizo los votos religiosos el 25 de marzo de 1887.

Como salesiano desarrolló diversos encargos confiados por sus Superiores y trató de realizarlos con dedicación y celo. Debido a la austeridad de vida y a la diversidad del clima, en 1889 P. Bronislao enfermó gravemente de tisis, estando al borde de la muerte. Recuperado de la enfermedad, transcurrió la convalecencia, siempre en Italia, hasta que, el 23 de marzo de 1892, con el permiso de sus Superiores, regresó a Polonia donde asume el encargo de párroco de Miejsce Piastowe, en la diócesis de origen Przemyśl.

Además de la actividad parroquial ordinaria, Padre Bronislao Markiewicz se dedicó, en el espíritu de San Juan Bosco, a la formación de la juventud pobre y huérfana. Para ella abrió en Miejsce Piastowe un Instituto, en el que ofrecía a sus educandos tanto ayuda material como espiritual, preparándolos para la vida con la formación profesional en las escuelas abiertas en el mismo Instituto. En 1897 decide fundar, con tal objetivo, dos nuevas Congregaciones religiosas basadas en la espiritualidad de San Juan Bosco, adaptando sus reglas a lo específico del propio carisma. Recibido nuevamente entre el clero de la diócesis de Przemyśl Padre Markiewicz continuó la actividad de párroco y de director del Instituto (Sociedad) al que puso por nombre Templanza y trabajo (erigido en 1898), tratando de obtener su aprobación como Congregación religiosa, bajo la protección de San Miguel Arcángel, con una rama masculina y otra femenina. La aprobación fue concedida sólo algún año después de su muerte: en 1921 a la rama masculina y en 1928 a la femenina.

Padre Bronislao continuó, siempre con la aprobación y la bendición del Obispo, san José Sebastián Pelczar, su actividad de formador de los jóvenes y de muchachos huérfanos y abandonados, sirviéndose de la ayuda de colaboradores a cuya preparación y formación contribuyó él mismo constantemente. Ya en Miejsce Piastowe había ofrecido casa y formación a centenares de muchachos dándose a ellos enteramente. Deseoso de hacer aún más en su favor, en el mes de agosto de 1903, P. Markiewicz abrió una nueva casa en Pawlikowice, cerca de Cracovia, donde encontraron casa y posibilidades de formación espiritual y profesional más de 400 huérfanos.

La dedicación total a los muchachos, la abnegación heroica de sí mismo, el trabajo enorme por realizar, llegaron a consumir bien pronto las fuerzas de Padre Markiewicz minando su salud, ya muy comprometida por las molestias sufridas en Italia. Todo ello le condujo rápidamente al final de su peregrinación terrena, acaecida el 29 de enero de 1912.

Antes y después de su muerte, fue considerado un hombre fuera de lo común. Creciendo cada vez más la fama de santidad de padre Bronislao, los Superiores de los dos Institutos religiosos de San Miquel Arcángel, fundados por él, pidieron al Obispo de Przemyśl formalizar el proceso de beatificación de su Fundador que tuvo inicio en 1958. Acabado el iter de la Causa, el 2 de julio de 1994, en presencia del Santo Padre Juan Pablo II, fue promulgado el decreto de heroicidad de las virtudes de Padre Bronislao Markiewicz y diez años después, precisamente el 20 de diciembre de 2004, el decreto sobre el milagro obrado por Dios por intercesión de Padre Bronislao. Se abría así el camino para su beatificación. Fue beatificado el 19 de junio de 2005 por el Cardenal Jozef Glemp en representación del Papa Benedicto XVI.

Venerable Paulina Jaricot

Paulina nació el 22 de Julio 1799 en la ciudad de Lyon (Francia), hija de Antonio Jaricot y Juana Lattier, ambos profundamente cristianos. Desde muy niña demostró un gran espíritu religioso. Su hermano mayor sentía inmensos deseos de ser misionero y (quizás por falta de suficiente información) le pintaban las misiones como algo terrorífico donde los misioneros tenían que viajar por los ríos sobre el cuello de terribles cocodrilos y por las selvas en los hombros de feroces tigres. Esto la emocionaba a ella pero le quitaba todo deseo de irse de misionera. Sin embargo sentía una gran inclinación a ayudar a los misioneros de alguna manera, y pedía a Dios que la iluminara. Y el Señor la iluminaría años más tarde por medio de una simple lectura hecha por una sirvienta.

De pequeñita aprendió que un gran sacrificio que sirve mucho para salvar almas es el vencer las propias inclinaciones a la ira, a la gula y al orgullo y la pereza, y se propuso ofrecer cada día a Nuestro Señor alguno de esos pequeños sacrificios.

Cuando en 1814 el Papa Pío VII quedó libre de la prisión en la que lo tenía Napoleón, el pueblo entero salió en todas partes a aclamarlo triunfalmente en su viaje hacia Roma. Paulina tuvo el gusto de que el Santo Padre al pasar por frente a su casa la bendijera y le pusiera las manos sobre su pequeña cabecita. Recuerdo bellísimo que nunca olvidó.

De joven se hizo amiga de una muchacha sumamente vanidosa y ésta la convenció de que debía dedicarse a la coquetería. Por varios meses estuvo en fiestas y bailes y llena de adornos, de coloretes y de joyas (pero nada de esto la satisfacía). Su mamá rezaba por su hija para que no se fuera a echar a perder ante tanta mundanidad. Y Dios la escuchó.

Un día en una fiesta social resbaló con sus altas zapatillas por una escalera y sufrió un golpe durísimo. Quedó muda y con grave peligro de enloquecerse. Entonces la mamá le hizo este ofrecimiento a Dios: "Señor: yo ya he vivido bastante. En cambio esta muchachita está empezando a vivir. Si te parece bien, llévame a mí a la eternidad, pero a ella devuélvele la salud y consérvale la vida".

Dios le aceptó esta petición. Su madre se enfermó y murió, pero Paulina recuperó el habla, y la salud física y mental y se sintió llena de vida y de entusiasmo. 

Poco después, un día entró a un templo y oyó predicar a un santo sacerdote acerca de lo pasajeros que son los goces de este mundo y de lo engañosas que son las vanidades de la vida. Después del sermón fue a confesarse con el predicador y éste le aconsejó: "Deje las vanidades y lo que la lleva al orgullo y dedíquese a ganarse el cielo con humildad y muchas buenas obras". Desde aquel día ya nunca más Paulina vuelve a emplear lujosos adornos de vanidad, ni a gastar dinero en lo que solamente lleva a aparecer y deslumbrar. Sus vestidos son sumamente modestos, hasta el extremo que las antiguas amigas le critican por ello. Ahora en vez de ir a bailes se va a visitar enfermos pobres en los hospitales. Movida por el Espíritu de Dios, abandonó la pudiente vida de lujo y de frivolidad que había llevado hasta entonces, y comenzó a visitar a los pobres, vistiendo como ellos y buscando medios nuevos para ofrecerles una limosna sin que se sintieran humillados, porque, decía que "son ellos los que nos hacen el honor de aceptar nuestro dinero".

Francia acababa de salir de la Revolución jacobina, y con ideas y movimientos anticatólicos. Para contrarrestar esta ruina espiritual y honorar a Dios contra las persistentes blasfemias e improperios despectivos contra Dios y contra la Iglesia, comenzó un movimiento de jóvenes obreras que debían "reparar los insultos al Sagrado Corazón de Jesús olvidado y despreciado". Estas jóvenes llamadas Reparadoras, rezaban al Sagrado Corazón de Jesús y hacían horas de adoración ante el Santísimo Sacramento en expiación de los pecados de sus compatriotas.

Un día, cuando tenía 23 años de edad, llegó Paulina Jaricot de su trabajo, cansada y con deseos de escuchar alguna narración que le distrajera amenamente. Y se fue a la cocina a pedirle a la sirvienta que le contara algo ameno y agradable. La buena mujer le respondió: "si me ayuda a terminar este trabajito que estoy haciendo, le contaré luego algo que le agradará mucho". La muchacha le ayudó de buena gana, y terminando el oficio la cocinera se quitó el delantal y abriendo una revista de misiones se puso a leerle las aventuras de varios misioneros que en lejanas tierras, en medio de terribles penurias económicas, y con grandes peligros y dificultades, escribían narrando sus hazañas, y pidiendo a los católicos que les ayudaran con sus oraciones, limosnas y sacrificios, para poder continuar con éxito su difícil labor misionera.

En ese momento pasó por la mente de Paulina una idea luminosa: ¿por qué no reunir personas piadosas y obtener que cada cual obsequie dinero y ofrezca algunas oraciones y algún pequeño sacrifico por las misiones y los misioneros, y enviar después todo esto a los que trabajan evangelizando en tierras lejanas? Su hermano Philéas, más tarde sacerdote misionero, alentó esta inquietud, proponiéndole la idea de ayudar a las Misiones de América del Norte, primero, y después también las de Asia, confiadas a los cuidados de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París. Y así, Paulina se propuso empezar a llevar a cabo esa mima semana tan bella idea. Comenzaba a gestarse así la Asociación que luego se llamaría de la "Propagación de la Fe" que tendría su fundación oficial el día 3 de mayo de 1822.

Paulina se dirigió a sus Reparadoras y a sus compañeras de trabajo invitándoles a dar un céntimo a la semana a favor de las Misiones. Calculando 10 obreras y que cada una de ellas podía invitar, a su vez, a otras 10 amigas a hacer la misma oferta, se llegaba a la colecta de 100 céntimos a la semana. Estas personas, convertidas en socias de la Asociación, se empeñaban, cada una, a encontrar otras diez personas que ofrecieran semanalmente la misma suma. La Asociación pudo así extenderse velozmente, con millares de personas como miembros, y con una colecta que aumentaba proporcionalmente. En los primeros meses de 1820, cuando Paulina se encontraba al frente de la Asociación, las trabajadoras de Lyón alcanzaron la suma de 1.800 francos a la semana: ¡una suma enorme, considerando que su salario mensual era de pocos francos! Lo que es interesante señalar, es el entusiasmo y la prontitud al sacrificio de las jóvenes trabajadoras, que unían al duro trabajo el compromiso de reparación de las ofensas hechas a Dios y la ayuda a las necesidades de los pobres en patria y, sobre todo, en las Misiones Extranjeras. Pero todavía es más importante subrayar que la actividad de penoso trabajo en una fábrica del siglo XIX, con más de 15 horas de trabajo al día, no quitaba a estas jóvenes el deseo de la oración, y no les suprimía la voluntad de hacer el bien a personas más pobres que ellas mismas.

Su hermano, que se acaba de ordenar de sacerdote, propone la idea de Paulina a otros sacerdotes en París y a muchos les agrada y empiezan a fundar coros de Propagación de la Fe. La idea se extendió rapidísimo por toda la nación y las ayudas a los misioneros se aumentaron inmensamente. Casi nadie sabía quién había sido la fundadora de este movimiento, pero lo importante era ayudar a extender nuestra santa religión.

La facilidad y la velocidad con la que la Asociación se extendió entre los católicos franceses maduraron en Paulina la convicción de que se necesitaba alguna cosa parecida, pero todavía más útil y enérgica, para despertar y expandir la fe en Francia y en el mundo. Así, pensó en otra cadena de corazones comprometidos en aportar ayudas espirituales a toda la Iglesia, y tuvo la brillante idea de constituir un "Rosario Viviente", siguiendo un método parecido al de la Asociación para la Propagación de la Fe. Su deseo declarado era el de llevar la oración del Rosario, reservada entonces y sobre todo a las instituciones religiosas, a una práctica general. "Lo importante, y lo más difícil, era hacer que la masa aceptase el Rosario", recordaba en una carta posterior. En otra carta al Maestro General de los Dominicos, Paulina declaraba: "Me pareció que había llegado la hora de realizar el proyecto -perseguido desde hacía tiempo- de una Asociación accesible a todos, que permitiera alcanzar la unión de la oración con un modo único, breve y práctico, sin cansar a nadie y que pudiera facilitar, al menos durante algunos minutos, la meditación cotidiana de los misterios de la vida y de la muerte de Jesús".

Para alcanzar este fin, Paulina lanzó su nueva iniciativa con la creación de grupos, no ya de 10, sino de 15 personas, (una sección de 15 miembros dirigidos por una celadora), que correspondían a los 15 Misterios del Santo Rosario, y así, la sección recitaba cada día el Rosario entero. Estos grupos no sólo recitaban diariamente los 15 Misterios del Rosario, sino que se comprometían también a meditarles y a orar por una persona que tuviera una particular necesidad de conversión: Paulina creía en la fuerza del Rosario para la conversión de los pecadores. Tuvo también el ingenio de incluir en el grupo de las 15, a personas buenas, otras, mediocres y también aquellas que no tenían otra cosa que ofrecer sino su buena voluntad… Estaba convencida y afirmaba que con 15 carbones, cuando uno está bien encendido y tres o cuatro lo están a medias, y los otros nada… reuniéndoles, se consigue enseguida una hoguera. Una particularidad del "Rosario Viviente", debida siempre al genio y al celo de Paulina, era que cada asociado se comprometía a entregar cada año una suma de cinco francos para comprar y difundir buenos libros. En una década, la práctica del "Rosario Viviente" se había propagado también a otros continentes, y en Francia, en 1834, contaba con cerca de un millón de asociados. Paulina declaraba en una carta del 1 de mayo de 1840: "En breve estaremos en unión de oraciones con todos los pueblos del universo". Ella misma constataba con alegría que la mayor parte de los miembros de la "Asociación para la Propagación de la Fe" eran también miembros del "Rosario Viviente". Justamente, el Secretario del Comité Central de la Asociación, Dominique Maynis, en una carta a Paulina, escribe: "Lo que usted bien quiso añadir sobre este apoyo que el "Rosario Viviente" prestaría a la Propagación de la Fe indicaba suficientemente que la fundación de ésta no había estado del todo ajena al establecimiento de aquélla… cosa que no hemos podido olvidar". Un Breve Pontificio del Papa Gregorio XVI dio aprobación oficial al movimiento del "Rosario Viviente", que había alcanzado ya los dos millones de miembros, y que Paulina animará y guiará durante 15 años.

Paulina se fue a Roma a contarle al Santo Padre Gregorio XVI su idea de la Propagación de la Fe. El Sumo Pontífice aprobó plenamente tan hermosa idea y se propuso recomendarla a toda la Iglesia Universal. En el año 1826 la Obra se extiende en Europa, inicia sus Annales, que reproducen las cartas de los misioneros, y mantiene estrecha relaciones con la Congregación de Propaganda Fide.

Al volver a Francia fue a confesarse con el más famoso confesor de ese tiempo, el Santo Cura de Ars. El santo le dijo proféticamente: "Sus ideas misioneras son muy buenas, pero Dios le va a pedir fuertes sacrificios, para que logren tener más éxito". Esto se le cumplió a la letra, porque en adelante los sufrimientos e incomprensiones que tuvo que sufrir nuestra santa fueron enormes.

Al principio recogía ella misma las limosnas para las misiones, pero varios avivados le robaron descaradamente. Entonces se dio cuenta de que debía dejar esto a sacerdotes y laicos especializados que no se dejaran estafar tan fácilmente.

Paulina, “siempre libre para ir ahí donde las necesidades son más grandes”, siguió con su obra misionera: ella crea las Bibliotecas populares itinerantes en 1826 y la Congregación de las hijas de María en 1831. Queriendo mejorar la condición obrera y permitir una nueva evangelización, ella se compromete algunos años más tarde en un ambicioso proyecto industrial y crea la fábrica Nuestra Señora de los Ángeles.

Después recibió ayudas para fundar obras sociales en favor de los obreros pobres, pero varios negociantes sin escrúpulos la engañaron y se quedaron con ese dinero. Paulina se dio cuenta de que Dios la llamaba a dedicarse a lo espiritual, y que debía dejar la administración de lo material a manos de expertos que supieran mucho de eso.

En 1862, después de haber perdonado generosamente a todos los que la habían estafado y hecho sufrir, y contenta porque su obra de la Propagación de la Fe estaba ya muy extendida murió santamente y satisfecha de haber podido contribuir eficazmente a favor de las misiones católicas. Entregó su vida al amanecer del 9 de enero de 1862 pronunciando estas palabras "¡María! ¡Oh madre mía! ¡Os pertenezco totalmente!"

Veinte años después, en 1882, el Papa León XIII extendió la Obra de la Propagación de la Fe a todo el mundo. Y como confirmación de su espíritu misionero y del servicio a la Iglesia Universal, el 3 de mayo de 1922, Pío XI, con el Motu Proprio Romanorum Pontificum, declara "Pontificia" la Obra de la Propagación de la Fe (POPF).

Beato Pedro Francisco Jamet

Pedro Francisco Jamet, nació el 12 de septiembre de 1762 en Fresnes, Francia, sus padres, ricos agricultores, tuvieron ocho hijos, de los que dos fueron sacerdotes y una fue religiosa.

Pedro Francisco Jamet Estudió en el Colegio de Vire y a los 20 años se sintió llamado al sacerdocio, por lo que se matriculó en la renombrada Universidad de Caen, en la que siguió los cinco años de estudio en filosofía y teología.

En 1784 entró en el seminario y 22 de septiembre de 1787 fue ordenado sacerdote, obtuvo el título de licenciado en teología y el título de "Master of Arts", pero no pudo continuar su especialización por el estallido de la Revolución Francesa.

Existía en Caen una comunidad de las Hijas del Buen Pastor, instituto fundado en 1720 por la Madre Anna Leroy, en 1790 el P. Jamet fue nombrado capellán y confesor del Instituto, del que llegó a ser superior religioso en 1819.

En 1798 se negó realizar el juramento impuesto por las autoridades de la Revolución Francesa, por lo que fue detenido y recibió amenazas de muerte. Milagrosamente recuperó la libertad y se dedicó con todos los medios a ayudar a las Hijas del Buen Pastor, celebrando la Misa en secreto, apoyanbdo a los hermanos vacilantes y alentando a los fieles perseguidos.

Después de la Revolución, pudo dedicarse abiertamente a la restauración y al crecimiento de la Congregación del Buen Pastor. Inició la asistencia educativa a los sordomudos, para lo cual realizó estudios específicos sobre su educación, introduciendo nuevos métodos de enseñanza específica.

Durante ocho años, desde 1822 a 1830, fue rector de la Universidad de Caen, logrando entre los docentes y los estudiantes una nueva atmósfera de fe cristiana, posterior a la gran tormenta de la Revolución y la propagación de ideas "ilustradas y racionalistas".

Todo lo hacía para la gloria de Dios, porque interiormente era todo de Dios. A los 83 años, a consecuencia del agotamiento y la edad, Pedro Francisco Jamet murió el 12 de enero de 1845.

Los acontecimientos políticos hicieron, que pese al reconocimiento público de su fama de santidad, el necesario proceso canónico se iniciara recién en 1930, completado con la aprobación del milagro atribuido a su intercesión, el 11 de diciembre de 1985.

El Papa Juan Pablo II lo beatificó el 10 de mayo de 1987.

Venerable Madre Úrsula Benincasa

La Venerable Madre Úrsula Benincasa nació en Nápoles el 21 de octubre de 1547, pocos meses después de la muerte del Patriarca San Cayetano, al que emuló más tarde en el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas, orando y sufriendo continuamente por la reforma de costumbres en la Iglesia y en el mundo de su tiempo. 

En 1582, a través de una revelación, Dios le confió la misión de presentarse, primero ante el Arzobispo de su ciudad y después ante el Papa para transmitirles un mensaje de reforma para toda la Iglesia. 

Bendecida por el Arzobispo de Nápoles, salió de allí el 29 de abril, acompañada de algunos familiares, y llegó a Roma el 3 de mayo. Unos días más tarde se presentó ante Gregorio XIII que la recibió amablemente y escuchó de sus labios el mensaje que Dios le mandaba. Más con el fin de asegurarse de la veracidad de dicho mensaje, encargó al Cardenal de Santa Severina que formara una comisión de hombres doctos en materia de espíritu, entre los que figuraba San Felipe Neri. 

Después de siete meses de duras pruebas, la Comisión nombrada por el Papa reconoció, unánimemente, que el espíritu que animaba a la Vidente era el Espíritu de Dios. 

Una vez aprobada la autenticidad del mensaje, dejaron que Úrsula volviera a Nápoles y le dieron permiso para que se retirara a la soledad de Santelmo viviendo en Comunidad con algunos familiares y jóvenes que deseaban estar en su compañía. 

Los meses pasados en Roma había purificado fuertemente su alma disponiéndola para la misión que Dios le tenía preparada, pues " aunque nunca fue intención suya fundar Congregación ", el Señor hizo que la fama de sus virtudes atrajera un gran número de jóvenes napolitanas, deseosas de perfección, y así, en 1583 fundó la Congregación de Oblatas de la Santísima Concepción. En aquella época la Iglesia no permitía otro tipo de vida religiosa en la que no se pronunciaran votos solemnes y, por tanto, sometida a rigurosa clausura papal, pero M. Úrsula quería que sus hijas de la Congregación pudieran estar en contacto directo con las jóvenes que acudían al monasterio en calidad de educandas. Por eso no quiso que se ataran con votos, sino con una simple oblación, ofreciéndose a servir a Dios y a su Santísima Madre " sólo por amor ". 

El día 2 de febrero de 1617 - cuenta ella misma por medio de su secretaria - tuvo un éxtasis después de la Comunión, en el que vio a la Santísima Virgen con su Hijo en los brazos; éste le pidió que fundara un monasterio de clausura en aquel lugar, en el que las religiosas - a las que llamaron romitas - vistieran de azul y blanco, como su Madre, y se dedicaran a la oración en completo retiro del mundo. De ahí tuvo origen, después el Escapulario Azul como signo de agregación espiritual a estas Religiosas de Madre Úrsula. 

Después de haber vivido en la Congregación durante más de treinta años " SIN MÁS REGLA QUE EL AMOR ". Unos meses antes de morir dictó, por inspiración divina, un doble Regla: para las Hermanas de la Congregación - Oblatas - y para las monjas del futuro monasterio. Esta Regla fue aprobada el 7 de abril de 1623 por S.S. Gregorio XV con el nombre de Constituciones, y refrenada más tarde por el Papa Clemente IX. 

Antes de morir, siendo ya su confesor el P. Santacroce, C.R.. la Madre confió su obra al gobierno y dirección espiritual de los Padres Teatinos, a los que apreciaba desde antiguo por su santidad de vida, y les entregó, por manos del P. Santomagno C. R., sus Reglas para que ellos se hicieran cargo tanto de la Congregación como del Monasterio. 

Este deseo encontró una gran resistencia por parte de los Padres, pues no era conforme a sus Constituciones. Finalmente, en el Capítulo del año 1633 en que fue nombrado Prepósito General el P. Santomagno, los Teatinos se hicieron cargo de las dos fundaciones aceptando a las religiosas bajo su gobierno. Desde este momento, Congregación y Monasterio de la Madre Úrsula se convirtieron oficialmente en Teatinas de la Inmaculada Concepción. 

La Madre murió en Nápoles el 20 de octubre de 1618, llena de méritos y llorada no sólo por sus hijas sino por toda la ciudad que ya antes la había elegido como protectora, en reconocimiento a su incansable celo apostólico a favor de esta ciudad por la que ella oraba sin cesar. 

El 7 de agosto de 1793, en la basílica teatina de S. Andrés " della Valle " de roma, Pío Vi proclama ante toda la Iglesia la heroicidad de sus virtudes. 

Venerable Eustaquio Montemurro

Eustaquio Montemurro nació en Gravina di Puglia el 1 de enero de 1857. Después de los estudios clásicos, obtuvo un diploma en matemáticas y ciencias naturales en la Universidad de Nápoles en 1879 y, en 1881, un título en medicina y cirugía. Con dedicación y competencia, se dedicó a la profesión de médico, maestro y director, miembro y presidente de organizaciones de caridad. 
Le preocupaban las necesidades de los más vulnerables, especialmente de los enfermos y de los niños. Comprometido en política como concejal municipal, se tomó muy en serio el "problema social", apoyando con valentía los intereses de los niños campesinos y prestando especial atención a las demandas de los jóvenes. Mientras tanto, sentia el llamado del Señor al sacerdocio, después de reflexionar y dela recuperación del tifus, contraído mientras asistía a sus pacientes, en 1902,  ingresa al seminario  a los 45 años y, en 1904, fue ordenado sacerdote. 

Durante su primera asignación como vice párroco, con el consejo de su director espiritual, el Siervo de Dios, el Padre Antonio M. Losito, Redentorista, y junto con su amigo fraternal, Don Saverio Valerio (1878 - 1937) y el padre jesuita Gennaro Bracale (1865 - 1933), en 1907 fundó la congregación de los Hermanitos del Santísimo Sacramento, para el culto eucarístico y la formación de buenos párrocos y, el año siguiente, el de las Hijas del Sagrado Costado, para la reparación de las ofensas al Corazón de Jesús y a la educación cristiana y civil de las niñas del pueblo. 

En 1911, luego de muchas dificultades e incluso acusaciones sobre las fundaciones de don Montemurro y el Padre  Aníbal asume la dirección de las Hijas del Sagrado Costado y de los Hermanitos del Santísimo Sacramento. Sacramento, con la esperanza de que el amigo fundador algún día pueda asumir el liderazgo nuevamente. Cuando se dio cuenta de que el regreso no era posible, mantuvo bajo su dirección a las Hijas del Sagrado Costado, que luego se dividieron en dos ramas, las Hermanas Misioneras del Sagrado Costado y de María dolorosa y las Catequistas Misioneras del Sagrado Corazón. En cambio, los nueve aspirantes a sobrevivientes de los Hermanitos, ingresaron a otras congregaciones y solo tres fueron ordenados sacerdotes.

Don Eustaquio y Don Saverio con autorización del Papa, vivieron el en Santuario de la Virgen del Rosario de  Pompeya,  dedicándose al ministerio de confesión, catequesis y dirección espiritual de niños y adultos y para el cuidado pastoral y físico de los enfermos y moribundos, especialmente durante la famosa epidemia de fiebre española. El Siervo de Dios Eustaquio Montemurro murió el 2 de enero de 1923. La causa de la beatificación aún continúa.