sábado, 19 de septiembre de 2020

San Juan de Sahagún

 

“¡Padre, no has sabido frenar tu lengua! Señor Duque, dígame para qué he subido al púlpito, ¿para anunciar la verdad a cuantos me escuchan o para adularlos vergonzosamente?”. Este tenso diálogo tuvo lugar entre el indignado duque de Alba, presente en la función religiosa, y el agustino fray Juan de Sahagún, que había pronunciado el sermón. Aquel día el P. Juan, aprovechó la presencia en la iglesia de muchos nobles de la ciudad y de las autoridades civiles para denunciar el mal gobierno de la administración y las injusticias perpetradas por los poderosos con daño de las personas más débiles, los latrocinios más o menos encubiertos, los fomentadores de banderías, y la opresión a los súbditos. En Salamanca Juan se había convertido en punto de referencia segura para todos. El público se sentía atraído por el predicador “amable”, pero a la vez valiente y justo.


Juan había nacido en Sahagún, provincia de León (España), hacia 1430. Hijo de Juan Gonzalez de Castillo y Sancha Martinez, el mayor de siete niños, el primero después de 16 años de esterilidad y frustración. De joven un tío suyo le proporcionó un empleo en la curia episcopal de Burgos, al que iba unido un beneficio eclesiástico. Después fue ordenado sacerdote.

Pero a los 33 años Juan entró en crisis. No se sentía a gusto en la viña del Señor sin trabajar en ella. Fue así cómo, al morir el obispo, cambió el rumbo de su vida y se hizo agustino, dedicándose de lleno al apostolado, con la predicación al pueblo sencillo, la promoción de la paz y de la convivencia social, siempre en defensa de los oprimidos y de sus derechos conculcados.

“Si se me preguntase acerca del comportamiento de fray Juan - testimonia uno de sus contemporáneos – en relación con pobres y afligidos, con viudas y niños explotados, con los necesitados y los enfermos, deberé responder que ya de naturaleza se mostraba habitualmente impelido a ayudar a todos con palabras o con limosnas. Y puso particular interés en conducir a todos a la paz y a la concordia después de haber apagado enemistades y desavenencias. Viviendo en Salamanca, encontrándose la entera ciudad dividida en bandos a causa de divergencias civiles, consiguió evitar muchas luchas sangrientas”.

Debido a sus reiteradas tentativas a favor de la pacificación, en 1476 los nobles de Salamanca firmaron un solemne pacto de perpetua concordia. La fuerza y el valor en sus actuaciones lo sacaba de la eucaristía, que celebraba diariamente con extraordinaria devoción.

Murió en 1479. El proceso acerca de su vida y virtudes se concluyó con la beatificación, en 1601, y con la canonización, que tuvo lugar en 1690. Las reliquias del santo se conservan en la catedral nueva de Salamanca, ciudad llena de lugares cuyos nombres recuerdan los portentos obrados por el Santo en vida y después de la muerte.

Fuente: Catholic.net

Beata Zofia Czeska-Maciejowska

Nació en Malopolska en 1584 (Pequeña Polonia) en el seno de una familia de la “Nobleza Media”. Tenían bienes cerca de Cracovia y dos casas en la calle Szpitalna en Cracovia. Era una familia numerosa -cinco varones y cuatro mujeres- criados todos en un ambiente religioso. Sofía fue la tercera.

A los 16 años fue entregada como esposa a un noble, Jan Czeski, tomando su apellido, y se mudó a Slomniki, cerca de la República Checa. Lamentablemente, después de solo seis años quedó viuda y sin hijos. Muchos caballeros intentaron casarse con ella porque era todavía joven, guapa y rica. Pero la mujer hizo otra elección: decidió consagrar su vida a la obras de misericordia. Sofía ya desde 1602 pertenecía a la archiconfraternidad de la Misericordia activa en Cracovia en la iglesia de santa Bárbara de los jesuitas. 

En aquel periodo daba limosna a los necesitados pero también a las iglesias y monasterios. Pero la actividad caritativa no le satisfacía plenamente: movida por la fe profunda y del amor por Cristo decidió dar todo lo que poseía a Dios y los necesitados. En aquellos tiempos ella fue testigo de la guerra, las epidemias, las inundaciones, las malas cosechas, el hambre, por lo tanto presenció la muerte de muchas personas. Sofía decidió hacerse cargo de las niñas, especialmente los huérfanas y de familias pobres. Cedió su casa en la calle Szpitalna para ellas, donde no sólo podían vivir y recibir atención médica, sino también estudiar. 
En los años 1621-1627 - con los propios medios en la casa comprada en Cracovia en via Szpitalna 18 - un Instituto “Domus Virginum Praesentationis Beatissimae Mariae Virginis” (llamado también “Domus pro orphanellis”) para chicas jóvenes y huérfanas: era la primera escuela femenina formalmente organizada en Polonia, institución que además contaba con estructuras orgánicas adecuadas, en esos tiempos tan sólo los varones iban a la escuela.

La madre Sofía estaba convencida de haber recibido de Dios la llamada a asumir la obra de educación de las chicas y quería servirle también en lo que es más importante: en su camino a la salvación y a la santidad. 

Pero para asegurar el futuro del Instituto no bastaban los fondos: eran necesarias personas, educadoras como ella, dedicadas completamente a la obra comenzada por ella. Con este objetivo comenzó a organizar una orden religiosa con el nombre "congregación de las Vírgenes de la Presentación de la Beata Viren María" (llamada solamente Hermanas de la Presentación). El nombre no es casual, en la espiritualidad de la Madre Sofía había dos factores de gran importancia: la adoración eucarística y la devoción mariana. Pero la Congregación fue reconocida después de la muerte de la fundadora, en 1660 el obispo de Cracovia y más tarde también la santa sede aprobaron sus estatutos.

La obra de Madre Sofía se incluía en el proceso de la profundo renovación de la Iglesia católica después del Concilio de Trento (1546-1563), que comenzaba a dar sus frutos al inicio del siglo XVII. En estos cambios tuvo un rol importantísimo la Compañía de Jesús: los jesuitas conseguían influir tanto en la iglesia como en la sociedad gracias a sus famosos colegios que fundaban en los conventos.

Los jesuitas dejaron una marca importante en la espiritualidad de la Congregación fundada por la Madre Sofía: las hermanas conjugaban la vida comunitaria con la vida activa fuera del convento, consagradas a la educación de las chicas y la atención de las huérfanas.

Las Hermanas de la Presentación desde hace cuatro siglos continúan la obra de la Madre Sofía y siguen fieles al carisma original de la fundadora dirigiendo escuelas, colegios, guarderías, orfanatos y centros de reinserción social.

La Madre Sofía Czeska murió a la edad de 66 años, el 01 de abril de 1650. Fue enterrada en la iglesia de Santa María en Cracovia, pero sus restos mortales se encuentran actualmente en la capilla lateral en la iglesia de San Juan (de las Hermanas de la Presentación) en Cracovia. La Madre Sofía Czeska gozó siempre de fama de santidad, tanto en vida como después. Su tumba es lugar de oración. Fue beatificada en Cracovia el 9 de junio de 2013 durante el pontificado de SS Francisco.

Beato Pedro Vigne


Pedro Vigne nació el 20 de Agosto de 1670 en Privas (Francia), pequeña ciudad muy marcada aún por las consecuencias de las guerras de religión del siglo anterior, entre católicos y protestantes. Su padre Pedro Vigne, honrado comerciante en textil, y su madre, Francisca Gautier, casados en la Iglesia Católica, han hecho bautizar a sus cinco hijos en la parroquia católica de Santo Tomás de Privas. Dos hijas murieron muy temprano. Pedro y sus dos hermanos mayores, Juan Francisco y Eleonora, viven con sus padres en una relativa comodidad.

A los 11 años, Pedro es llamado por el Cura de la parroquia para firmar como testigo las actas parroquiales de Bautismo, matrimonio y sepultura.

Después de haber recibido una educación e instrucción de buen nivel, al final de su adolescencia, de repente su vida está transformada por la toma de conciencia de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Esta experiencia le orienta definitivamente hacia Jesús que entrega su vida en la Cruz por nuestro amor y que, por la Eucaristía, no cesa de darse a todos. En 1690 entra en el seminario sulpiciano de Viviers. Ordenado sacerdote, el 18 de Septiembre de 1694, en Bourg Saint Andéol, por el obispo de Viviers, está destinado como coadjutor a Saint Agrève. Durante seis años ejerce allí su ministerio sacerdotal en amistad con su párroco y en cercanía con los fieles.

Siempre atento para discernir a través de los acontecimientos la voluntad del Señor sobre su vida, se siente llamado a vivir otra cosa. Al principio su itinerario espiritual parece ser un poco vacilante, pero se hará cada vez más firme y seguro. Su deseo de ser misionero entre la gente sencilla le decide a entrar en la Congregación de los Lazaristas, en Lyon, en 1700. Allí recibe una sólida formación a la pobreza y a las «misiones populares» y empieza a recorrer pueblos y ciudades con sus compañeros para evangelizar al pueblo cristiano. En 1706 deja voluntariamente a los Lazaristas. Más que nunca le mueve la pasión de las almas, sobre todo la gente de los pueblos y caseríos. Después de un breve tiempo de búsqueda, su vocación se delinea con firmeza y adquiere un rumbo firme. Pedro será «misionero itinerante», aplicando su propio método pastoral a la vez que somete siempre su ministerio a la autorización de sus superiores jerárquicos.

Incansablemente, y durante más de treinta años, recorre, andando o a caballo, los caminos del Vivarais, del Dauphiné y más aún. Para hacer conocer, amar y servir a Jesucristo se enfrenta con el cansancio de los viajes y el rigor del clima. Predica, visita a los enfermos, catequiza a los niños, administra los sacramentos y va hasta llevar a hombros «su» confesionario para estar siempre dispuesto a ofrecer la misericordia de Dios. Celebra la Misa, expone al Santísimo, enseña a los fieles a adorar. María, «Hermoso sagrario de Dios entre los hombres» tiene también un lugar de predilección en su oración y enseñanza.

En el transcurso de una de sus misiones, en 1712, llega a Boucieu le Roi cuya topografía le permite levantar un Vía Crucis. Con la ayuda de los feligreses de la zona construye 39 estaciones que, a través del pueblo, el campo y la montaña, enseñan a los cristianos a seguir a Jesús desde la Cena hasta Pascua y Pentecostés.

Boucieu va a ser su residencia, fuera de las misiones. Allí reúne a algunas mujeres que encarga de «acompañar a los peregrinos» del Vía Crucis para ayudarles a meditar y a orar.


Es allí que funda la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. El 30 de Noviembre de 1715, en la iglesia, les entrega la cruz y el hábito religioso. Les invita a hacer turnos para adorar a Jesús presente en la Eucaristía, y a vivir juntas fraternalmente. Les confía la tarea de enseñar a la juventud. Atento a la necesidad de instruir a los niños para darles la oportunidad de acceder a la fe y adoptar comportamientos cristianos, Pedro Vigne abre escuelas y crea un seminario de «Regentas», modo de llamar entonces a las maestras de escuela.

Una vida tan intensa necesita apoyos. Cuando el Padre Pedro va a Lyon para comprar, nunca deja de ir a casa de sus antiguos maestros de San Sulpicio para encontrar a su confesor y a su director espiritual. Atraído pronto por la espiritualidad eucarística de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, fundados por Monseñor d'Authier de Sisgaud, el 25 de Enero de 1724, en Valence, le admiten como cofrade en esta sociedad sacerdotal y beneficia de su ayuda espiritual y temporal.

A la vez que asume el acompañamiento de su joven Congregación, Pedro Vigne continúa sus viajes apostólicos y, para prolongar los frutos de sus misiones también escribe libros: reglamentos de vida, obras de espiritualidad y sobre todo las «meditaciones sobre el libro más hermoso que es Jesucristo sufriendo y muriendo en la Cruz».

El vigor de este caminante de Dios, la intensidad de su actividad apostólica, sus largas horas de adoración, su vida de pobreza, testimonian no solo de una robusta constitución física sino de un amor apasionado por Jesucristo que amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1).

Sin embargo, a los 70 años acusa los efectos del cansancio. En el transcurso de una misión en Rencurel, en las montañas del Vercors, un fuerte malestar le obliga a interrumpir su predicación. A pesar de todos sus esfuerzos para celebrar aún la Eucaristía y exhortar a los fieles a vivir el amor a Jesús, se da cuenta que su fin se acerca, expresa todavía su inmenso ardor misionero y entra en profunda oración. Un sacerdote, y dos Hermanas llegadas rápidamente, acompañan sus últimos momentos. El 8 de Julio de 1740 se reúne con Aquel que tanto amó, adoró y sirvió. Su cuerpo fue transportado a Boucieu donde descansa aún en la pequeña iglesia. Fue beatificado el 03 de octubre de 2004, por San Juan Pablo II.

Beata María Crucificada del Divino Amor


Maria Gargani nació en la tarde del 23 de diciembre de 1892 en Morra de Sanctis, fue la última de ocho hijos de Rocco Gargani y Angiolina De Paola. Su devoto padre instruyó a los niños en el catecismo y fue por él que la fe de María crecía con el tiempo.

Su educación la cursó en su ciudad natal pero la finalizó en Avellino, donde fue invitada por un tío; obtuvo el título de maestra en 1913, ya con él pudo comenzar a trabajar como profesora.

Su primer trabajo en la enseñanza fue en San Marco la Catola en Foggia, donde estuvo de 1913 a 1928, allí vivió con Antonietta, una de sus hermanas (quien estaba casada). Fue también allí donde conoció al Padre Benedetto y al Padre Agostino Daniele, quienes se convirtieron en sus guías espirituales y la ayudaron a discernir su vocación. En 1914 ella ya tenía claro su vocación religiosa, más tarde ella contaría que, al saberse llamada a seguir a Dios como religiosa, lloró por la seriedad del camino que debía tomar.

María Gargani entró en la Orden Franciscana Seglar después de haber descubierto a San Francisco de Asís. Este santo le representó un modelo de amor que influyó en sus convicciones religiosas. Poco tiempo después comenzó a enseñar catecismo a los niños para prepararlos para la recepción de la Primera Comunión y compró un proyector de imágenes, la cual le ayudaba a explicar la vida de Jesucristo. También comenzó a colaborar con Acción Católica en esa época. De 1928 a 1945 se mudó a Volturara Appula, donde también enseñó.

En 1915 su consejero, el P. Agostino, fue convocado a servir como capellán en la Primera Guerra Mundial, confiándola al cuidado espiritual del sacerdote franciscano capuchino Padre Pío, animando a María para que mantuviera correspondencia con el fraile.

María Gargani se puso en contacto con el fraile a principios de agosto de 1916; Con esa carta se iniciaría varias décadas de amistad y correspondencia que duró hasta la muerte del santo en 1968, en total fuero 67 las cartas que el Padre Pío escribió a María Gargani durante este período.

El Padre Pío además de convertirse en el guía espiritual de María era también una fuente de apoyo moral. Los dos se vieron cara a cara por primera vez en el convento capuchino de San Marco la Catola a mediados de abril de 1918.

En 1934 María recibió permiso diocesano para formar un grupo de compañeras en el antiguo convento de Santa María de la Sanidad, este grupo se convirtió en la semilla de la congregación religiosa que poco después establecería: las Hermanas Apóstoles del Sagrado Corazón, congregación que el 11 de febrero de 1936 tuvo el permiso del Arzobispo de Lucca Antonio Torrini; el primer convento de la Orden abrió sus puertas el 21 de abril.

En 1945 la orden trasladó su sede a Nápoles, mientras que el 18 de abril -con otras compañeras- hizo su profesión como religiosa profesa y tomó el nombre de "Maria Crocifissa del Divino Amor". Desde 1946 hasta su jubilación realizó su ministerio en Nápoles. El 21 de julio de 1951, en el Santuario de la Beata Vergine del Rosario de Pompeya, conoció al celoso sacerdote Antonio Fanucci, que se convirtió en su nuevo director espiritual. Su orden recibió más tarde la aprobación diocesana del Cardenal Marcello Mimmi el 2 de junio de 1956 e hizo su profesión perpetua un mes después, el 22 de julio. El Papa Juan XXIII concedió a su orden la plena aprobación pontificia el 12 de marzo de 1963.

Murió el 23 de mayo de 1973 en su habitación de Nápoles. El 26 de enero de 2018 el Santo Padre Francisco autorizó a la Congregación para las Causas de los Santos a promulgar el decreto relativo a un milagro, atribuido a la intercesión de la Venerable Sierva de Dios María Crocifissa del Divino Amor. Fue beatificada el 02 de junio de 2018.

San Lorenzo Justiniano

San Lorenzo nació en Venecia en 1381, y desde niño abrigó el deseo de ser santo. Cuando tenía diecinueve años sintió el llamado de Dios para consagrarse de manera especial a su servicio, y por revelación divina se entregó enteramente a la búsqueda de la ciencia y el amor de Dios. La fuerza de su resolución para seguir el tortuoso camino de la cruz quedó demostrada en la rigurosa severidad con que trataba a su cuerpo y la constante dedicación de su mente a los asuntos de la religión.

En 1406, el santo recibió la ordenación sacerdotal. El fruto de su espíritu de plegaria y penitencia fue el conocimiento profundo de las cosas espirituales y los caminos interiores de la virtud, así como una gran destreza y una enorme prudencia en la dirección de las almas. Poco después de su ordenación fue nombrado preboste de San Jorge y, para instruir a sus discípulos, sólo trataba de inculcarles la más sincera humildad.

En 1433, el Papa Eugenio IV nombró a San Lorenzo para la sede arzobispal de Castello, una diócesis que incluía parte de Venecia. Lo mismo como religioso que como prelado, fue admirable su piedad sincera hacia Dios y la grandeza de su caridad hacia los pobres.

San Lorenzo dejó algunos escritos ascéticos muy valiosos; tenía setenta y cuatro años cuando escribió su último trabajo, titulado "Los Grados de Perfección".

San Lorenzo falleció el 8 de enero de 1455, pero su fiesta se celebra en este día, en el que recibió su consagración episcopal. Fue canonizado en 1690.

Beata Antonia María Verna



Antonia María Verna nace el 12 de junio de 1773 en Pasquaro, pequeña localidad de la fértil y delicada llanura Canavese (en el Piamonte italiano), tierra regada por el río Orco a pocos kilómetros de Rivarolo (Turín). Sus padres son Guillermo Verna y Doménica María Vacheri, unos pobres campesinos, ella es su segunda hija y la bautizan el mismo día de su nacimiento.

Una única habitación sirve como hogar para todos los miembros de la familia, fuertemente unida y anclada a la fe y sus principios. Mamá Doménica es su primera catequista. Ya de niña asistía a la iglesia parroquial, sigue con atención las homilías y participa en las clases de catecismo y luego, una vez que regresa a su casa, enseña lo aprendido a los niños que se reúnen en torno a ella. Aprende a amar al Niño Jesús, a la Virgen Inmaculada (a la que se consagrará y que tendrá gran influencia en la fundación de su Instituto) y a San José, a quien elegirá como su especial patrono. Tres devociones que la acompañarán durante todo su caminar.

A los 15 años esta deseosa de comprender lo que Dios quiere para ella. Los padres quieren encontrarle un buen marido, pero Antonia María tiene una idea completamente diferente. Esta divergencia de las opciones le produce mucho sufrimiento. En esos tiempos de "combate espiritual" encontrará la fuerza y el coraje en la oración y después de un largo estudio con su confesor toma la decisión de consagrarse a Dios con el voto de virginidad perpetua. No sabemos exactamente dónde y cuándo hizo el voto, tal vez en la Iglesia de su país de origen, o en una capilla dedicada a Nuestra Señora de la Providencia.

A causa de la insistencia reiterada para el matrimonio (de hecho no faltaban los pretendientes), Antonia María se ve obligada a dejar Pasquaro por un cierto período de tiempo. Mientras tanto las conmociones causadas por las coincidentes ideologías a la Revolución francesa del 1789 debilitan, también en Italia, el sentido religioso, reduciendo el sentido ético de la sociedad. La lava revolucionaria va invadiendo y cubriendo de naturismo y racionalismo todos los campos para proclamar con violencia los "derechos humanos", derechos que no tienen ya nada que ver con la dimensión sobrenatural, dimensión que es expulsada con agresión y odio.

El protestantismo, la Ilustración, la filosofía laicista, la masonería penetran en la urdimbre y la trama de la civilización europea. Antonia María, inteligente y con visión de futuro, se da cuenta de que ha llegado el momento de afrontar el mal, a pesar de tener tan sólo 17-18 años de edad. Su primer biógrafo, Don Francesco Vallosio, escribió: «Ella intuye la causa del mal de su tiempo: "la falta de instrucción y de una educación cristiana básica". Y así surgió en ella el pensamiento generoso de oponerse a aquel dañino río, para detener el vicio desenfrenado, disipar las tinieblas de la ignorancia, formar a los jóvenes en la virtud y llevarlos a Dios».

Después del voto de virginidad, emitido a los 15 años de edad, decide retornar humildemente a las bancas de la escuela, recorriendo a pie 8 kilómetros diariamente con tal de poner en práctica lo que tiene en su mente y que siente le ha sido dictado por el Señor. La oración y la penitencia son las armas de su impetuosa llamada: así comienza el apostolado en Pasvuaro, con simplicidad pero gran eficacia, cuidando maternalmente de los niños y los mayores. Vallosio escribe: "Con amor de madre reprocha, orar y evita que aquellos desaconsejadamente rechacen las prácticas cristianas: toda celo y paciencia para instruir a los ignorantes, reconfortar a los débiles, consolar a los afligidos, y con dulzura inefable comparte el pan del intelecto con los niños, instruyéndolos en los principios básicos de la religión".

Ahora siente que los confines de Pasquaro son demasiado estrechos para su misión y se trasladó, entre 1796 y 1800, a Rivarolo Canavese. Estos son tiempos duros y difíciles: primero los vientos de la Revolución Francesa llegaron al Piamonte, luego llegaron las campañas militares de Napoleón, la gente es cada vez más pobres, los inadaptados son cada vez más frecuentes y la delincuencia se expande como una mancha de aceite.

La nueva casa de Antonia María está constituida por una sola habitación que sirve de "templo, aula y claustro", en este local imparte una instrucción que incluye la enseñanza del catecismo y la alfabetización. Sin embargo todavía es no sacia su caridad, por tanto decide también asistir los enfermos a domicilio. Todavía esta sola, pero las tareas son muchas y no logra atenderlas todas, por ello, entre 1800 y 1802 se unen a varias compañeras (no se conocen los datos precisos), y la primera comunidad es constituida. Así surgen las Hermanas de la Caridad de la inmaculada Concepción. Para la erección canónica de la Congregación Madre Verna tuvo que atravesar muchos obstáculos. El 7 de marzo de 1828 obtuvo la Patente Real de aprobación del Instituto, ese mismo año el 10 de junio y con el apoyo del Obispo de Ivrea las fundadoras de la Congregación pudieron tomar el hábito y realizar su profesión religiosa. El 27 de noviembre 1835 recibió la aprobación eclesiástica definitiva.

Madre Verna murió el día de Navidad de 1838, dejando a sus hijas rebosante de actividad, capaz de ofrecer gratuitamente ("gratis" como la fundadora solía decir), sin reservas, y por amor de Dios, "el acceso completo a la labor de la salvación a imagen de María Inmaculada", como se indica en la Regla de la Congregación. Fue beatificada el 02 de octubre de 2011. 

San Guido María Conforti


San Guido Maria Conforti nació en Casalora di Ravadese, cerca de Parma, el 30 de marzo de 1865, de Rinaldo y Antonia Adorni, octavo de diez hijos. En Parma, hizo los estudios de primaria en los Hermanos de las Escuelas Cristianas.  De camino a la escuela, pasaba por la Iglesia de la Paz en Borgo delle Colonne. Guido entraba todos los días y se paraba frente al Crucifijo: “Yo lo miraba y Él me miraba y me parecía que decía tantas cosas”, recordará ya obispo. Precisamente del encuentro con ese Crucifijo nació en el joven Conforti la vocación sacerdotal.

A pesar de la resistencia de su padre, en 1876 Guido entró en el seminario de Parma. En esos años, el rector era Mons. Andrea Ferrari, que se convirtió en el guía del joven. Aunque todavía no era sacerdote, Conforti fue nombrado vicerrector y siguió siéndolo después de su ordenación, demostrando cualidades notables como educador. Durante los años del seminario, Conforti leyó una biografía de San Francisco Javier, el misionero jesuita que anunció el mensaje de Cristo en toda Asia hasta Sancián, a las puertas de China, donde murió en 1552. El joven estaba fascinado por la figura de Javier y se sintió llamado a continuar la obra que había quedado por cumplir. Esta fue la chispa inspiradora de su nueva vocación: la vocación misionera.

Superando no pocos obstáculos, debido a su frágil salud, fue ordenado sacerdote en el santuario de Fontanellato, Parma, el 22 de septiembre de 1888. Ya en los años de seminario, había visto la posibilidad de ser admitido en algún instituto con misiones en el extranjero, pero no le fue posible debido también a su precaria salud. Sin embargo, esto no lo detuvo en su ideal misionero y el 3 de diciembre de 1895, fiesta de San Francisco Javier, daba inicio al Instituto Emiliano para las Misiones Extranjeras, que sería reconocido oficialmente como la Congregación de San Francisco Javier para las Misiones Extranjeras, los javerianos, el 3 de diciembre de 1898. Y con gran alegría, en marzo de ese mismo año, entregaba la cruz a los dos primeros misioneros javerianos que partían para China: el P. Caio Rastelli y el P. Odoardo Mainini.

En los años siguientes, continuó su actividad como Vicario General en Parma, hasta que fue llamado por León XIII a dirigir la archidiócesis de Rávena. El 11 de junio de 1902, el día de su ordenación episcopal, Conforti hizo los votos religiosos junto con el voto de dedicarse sin reservas al anuncio del Evangelio ad gentes.

Desafortunadamente, su salud empeoró y, después de solo dos años, tuvo que abandonar su cargo en la Archidiócesis de Rávena: regresó así a Parma a su Instituto Misionero, donde pudo seguir la formación de los jóvenes aspirantes misioneros. Pero le esperaban nuevas tareas: Pío X inicialmente lo nombró coadjutor con derecho a sucesión del obispo de Parma, diócesis que rigió desde 1907 durante casi 25 años. La instrucción religiosa fue el punto clave de su compromiso pastoral. Afrontando fatigas y dificultades sin número, realizó cinco veces la visita pastoral de toda la diócesis, celebró dos sínodos diocesanos, instituyó y promovió la Acción Católica, sobre todo juvenil. Cuidó especialmente la cultura y la santidad del clero, la formación de los laicos, las asociaciones católicas, la prensa católica, las misiones populares, los congresos eucarísticos, marianos y misioneros.

A los compromisos de su cargo episcopal y a los de su Instituto Misionero, Mons. Conforti añadió nuevas actividades: participó activamente en la difusión de las Obras Misionales Pontificias y colaboró con el Beato Paolo Manna en la fundación de la Pontificia Unión Misional, convirtiéndose en su primer presidente. De hecho, Conforti creía que la proclamación del Evangelio ad gentes era el principal cauce para la evangelización de los pueblos.

En estos años, tuvo la dicha de enviar misioneros javerianos a China y de consagrar en la catedral de Parma a uno de sus misioneros, el padre Luigi Calza, obispo de Cheng-Chow, en 1912. El 15 de agosto de 1921, fue otra fecha importante en la historia del Instituto Javeriano: Mons. Conforti terminó su “Carta Testamento” con la que presentaba las Constituciones javerianas definitivamente aprobadas por el Papa. Y en 1928 viajó a China para visitar a sus misioneros, confirmando el vínculo de comunión entre la Iglesia de Parma y la joven iglesia en Hunan occidental.

De vuelta en Parma, reanudó la actividad pastoral, pero su salud empeoró. El 5 de noviembre de 1931, recibidos la unción de enfermos y el Viático, profesada públicamente su fe y habiendo implorado a Dios por su clero y su pueblo, Mons. Guido Maria Conforti descansó en el Señor. En su funeral se dio cita toda Parma.

La heroicidad de las virtudes de Guido Maria Conforti fue aprobada por un decreto del 11 de febrero de 1982, mientras que el decreto sobre el milagro que tuvo lugar a través de su intercesión en Burundi se remonta al 6 de abril de 1995. Mons. Guido Maria Conforti fue beatificado por San Juan Pablo II el 17 de marzo de 1996 y proclamado Santo por el Papa Benedicto XVI el 23 de octubre de 2011.